Golpe de timón... a la derecha.

Por | Gaspar Llamazares.

Si algo destaca en el resultado electoral de las recientes elecciones andaluzas es la victoria de las derechas y la nueva representación parlamentaria de la extrema derecha.

Después de casi 40 años, parece que habrá un gobierno conservador en Andalucía, con una influencia, más o menos explícita, del extremismo conservador. La derecha del PP y Ciudadanos no va a perder esta oportunidad, impulsada por aspiraciones de partido y por la influencia de la extrema derecha. Con ello no solo finaliza un prolongado gobierno del centroizquierda con un proyecto en declive, amarrado los últimos cuatro años al clavo ardiendo del centro derecha, sino también la hegemonía de un partido-región y el cambio del imaginario progresista de Andalucía, como ocurrió hace ocho años en Asturias con el Gobierno del Foro de Álvarez Cascos.

Si hace cuatro años la novedad fue la crisis económica, la consiguiente ruptura del modelo bipartidista y la aparición de dos nuevos partidos para traducirse en una representación cuatripartita imperfecta, hoy se suma un nuevo partido, pero a la extrema derecha del espectro. Fundamentalmente, una división del PP por su derecha y otra oportunidad de canalizar la ira contra el sistema.

Sin lugar a dudas, aunque continúa el deterioro por el malestar de la crisis, han sido determinantes los efectos de la crisis catalana y sus consecuencias sobre la identidad nacional española en una parte de las derechas, que la identifican con la lengua, la uniformidad y el autoritarismo. También de la implosión de la representación política como consecuencia de la citada crisis, la corrupción y la indignación consiguiente, que sigue siendo una herida que supura, en este caso en su expresión más reaccionaria y antipolítica.

Su impacto va más allá de la representación institucional de una fuerza política extremista con un programa explícito que, por primera vez desde la Transición, se sitúa al margen o confronta directamente con principios y valores constitucionales como los derechos humanos, la igualdad social y de género o el modelo de Estado. También ha sido relevante una campaña electoral con un programa implícito de fake news y de rechazo a la corrección política, sea ésta la del lenguaje inclusivo o la pluralidad religiosa. Campaña en que las derechas ya instaladas se han polarizado aún más, contribuyendo con ello al blanqueamiento de su programa. Todo ello como reacción de rechazo ultraconservadora a la crisis social, política y territorial y sus consecuencias de malestar social, cuestionamiento de la legitimidad de la política e incertidumbre y polarización nacionalista.

La extrema derecha ha logrado alterar en favor de las derechas la relación de fuerzas políticas, lo que pone en evidencia su acierto en la lectura de las consecuencias de la inestabilidad política y la movilización de sus respectivos electorados. Sus consecuencias trascienden el cambio de mayorías al normalizar posiciones ideológicas radicales de rechazo al modelo de integración territorial, la fiscalidad como base del estado social, la libertad de conciencia del estado aconfesional o a la igualdad de género, la primacía de los derechos humanos, el derecho de asilo, la aportación de la inmigración y la Unión Europea. Normalización e influencia de la extrema derecha y sus ideas en el debate público que polarizarán en el futuro, más si cabe, las relaciones políticas, y obstaculizarán el diálogo y el acuerdo imprescindibles para la estabilidad en un contexto de representación cada día más plural.

Por otro lado, la situación acaba con el espejismo de la hasta ahora “excepción española” en la representación de la nueva extrema derecha en Europa. En este sentido, no es casual la felicitación de la extrema derecha europea y tampoco la incorporación de los tópicos de su programa al de la española. El eje del populismo autoritario en Europa se agranda también por el sur.

En definitiva, la inseguridad y la rabia siguen mostrando que continúa y se agrava la crisis de legitimidad del sistema democrático: primero para hacer frente a la crisis y la corrupción; ahora entre un número cada vez más significativo de ciudadanos.

Ante ello, ¿qué hacer? No vale quedarse en la descalificación ni en la minimización del fenómeno. De nada vale volver la vista atrás, como si de un neofranquismo se tratara, ni quedarse solo en las causas sociales de la rabia antipolítica, o lo que además sería catastrófico: blanquear sus postulados entre los trabajadores, como algunos han apuntado ante la desobediencia de Salvini frente a la UE.

Hay mucha más tela que cortar. La extrema derecha ha llegado a las instituciones como tal, aunque ya estaba entre nosotros. A la recuperación de la seguridad democrática de las políticas sociales y laborales frente al autoritarismo y la xenofobia, hay que sumar la participación, el buen gobierno y la lucha contra la corrupción, y también la pelea democrática por los derechos humanos y por el sentido común de las gentes, y en primer lugar de los trabajadores. Pero, sobre todo, la izquierda está emplazada a colaborar entre sí, sin diluir su diversidad política y electoral, a recuperar el patriotismo republicano y la idea de España como territorio de derechos, libertades e igualdad, también a la defensa de un nuevo federalismo europeo frente a la endogamia y la renacionalización.
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Gaspar Llamazares

  

Montserrat Muñoz

  

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