De ahora en adelante.

Por | Luis García Montero.

A veces ser dueño del propio destino sólo es posible cuando uno decide responder y acudir a una llamada ajena. Jaime escribe en los años de la poesía social. Los intelectuales burgueses se comprometían en la lucha contra el franquismo y en la defensa de la clase obrera, maltratada por “el desprecio total de que es capaz, frente al vencido, un intratable pueblo de cabreros”. Para un poeta como Jaime Gil de Biedma acudir a la cita no sólo significaba querer, sino también ser querido. Necesitaba conservar en el nosotros su propia manera de ser: “Amigos míos, o mejor: compañeros, necesitan, quieren lo mismo que yo quiero y me quieren a mí también, igual que yo me quiero”.


Hace ya 25 años que murió Jaime Gil de Biedma. Uno cobra verdadera conciencia del tiempo cuando descubre que el presente también empieza a estar lejos. Resulta menos inquietante la distancia de un pasado lejano, el recuerdo incierto de una casa infantil o un episodio a medio deshacer en el patio de un colegio. Pero los años también alejan el presente, esa parte fundamental que es el eje, la razón de una vida, y ponen una distancia de fechas en lo que nos acompaña a nosotros mismos cada vez que decimos yo. Hay un momento en el que los años hacen del pasado un presente, es decir, tal vez un regalo, pero siempre una actualidad. Ocurre lo mismo con el futuro.

Lo bueno de los poetas que uno lleva dentro es que siempre tienen un poema para cada ocasión. No se trata de que nos digan lo que debemos hacer, sino de que saben acompañarnos en lo que estamos haciendo. Nos devuelven el sabor de nuestra vida en forma de realidad actual. Leo un poema del primer libro de Jaime, Compañeros de viaje (1959), titulado "De ahora en adelante". Es un poema de iniciación y reconocimiento. El protagonista asume su propia personalidad al intuir que ser otro supone también ser en los otros, ponerse a disposición de los otros como un modo de definir la lealtad con uno mismo. “Llamaban –escribe Jaime–. Algo, ya comenzado, no admitía espera”.

A veces ser dueño del propio destino sólo es posible cuando uno decide responder y acudir a una llamada ajena. Jaime escribe en los años de la poesía social. Los intelectuales burgueses se comprometían en la lucha contra el franquismo y en la defensa de la clase obrera, maltratada por “el desprecio total de que es capaz, frente al vencido, un intratable pueblo de cabreros”. Para un poeta como Jaime Gil de Biedma acudir a la cita no sólo significaba querer, sino también ser querido. Necesitaba conservar en el nosotros su propia manera de ser: “Amigos míos, o mejor: compañeros, necesitan, quieren lo mismo que yo quiero y me quieren a mí también, igual que yo me quiero”.

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