Antes que la época, cambiar las políticas.

Por | Gaspar Llamazares.

Creo que era Antonio Machado quien defendía el legítimo orgullo modesto, contrapunto a la jactancia, como recordaba recientemente en un artículo el poeta y hoy director del Instituto Cervantes Luis García Montero.

En su última rueda de prensa de valoración de los dos primeros meses de su presidencia, Pedro Sánchez ha resumido este tiempo como un cambio de época para contraponerlo a la corrupción, la parálisis y la inercia de los gobiernos de Mariano Rajoy.

 

Recurso retórico e hipérbole, más que la descripción y valoración de ese corto periodo. Un relato incluso triunfal de los dos meses en la presidencia que, sin embargo, no se corresponde con el cambio de época aludido, ni siquiera con el cambio político. Ni la coyuntura, ni la brevedad del tiempo transcurrido, ni la compleja situación parlamentaria y presupuestaria daban para muchas alegrías.


Según autores como José de Souza Silva, el último cambio de época como tal ocurrió hace más de 200 años, con la Revolución Industrial. La nueva etapa industrial pasó a caracterizarse por un sistema de ideas dominante, con la metáfora de la máquina. Un sistema de técnicas constituido por las tecnologías materiales, mecánicas, químicas y eléctricas, y una nueva institucionalidad, establecida en torno al Estado-Nación, con un alto grado de soberanía y autonomía para la acumulación de capital y una gran legitimidad de la democracia, que se expandía bajo la racionalidad forjada por la Revolución Francesa.


La génesis del actual cambio de época, todavía en marcha, no es por tanto de ahora, ni mucho menos del actual Gobierno. Viene de los últimos cuarenta años y está fuertemente asociada a las tres revoluciones –sociocultural, económica y tecnológica–, cuyos impactos están cambiando el sistema de ideas, el sistema de técnicas y la institucionalidad de la época histórica del industrialismo por la época de la información. Apurando los términos, un cambio de época o sistema podrían suponer también para otros autores la Revolución Francesa y sus efectos en la Independencia americana o la revolución rusa y sus consecuencias de descolonización y Guerra Fría.


A un nivel más cercano en el tiempo, y asumiendo cierto riesgo de exageración, podría interpretarse un cambio de ciclo la crisis del socialismo real, y en nuestra vida política lo sería el fin de la dictadura franquista y la Transición democrática española. Sin embargo, asimilar los cambios de gobierno, incluso los de las mayorías parlamentarias, con cambios de época, es cuanto menos una exageración, si no una deformación de la realidad, como lo es también la caracterización de las meras novedades como hechos históricos.


Situándonos entonces en los cambios de políticas, todavía no de la política, como consecuencia del reciente cambio de Gobierno, quizá el avance más significativo en el plano social para un legítimo orgullo haya sido la aprobación del decreto ley que recupera el derecho universal a la salud, después de siete años que se han hecho eternos de exclusión sanitaria a raíz del RD 16/2012, pomposamente denominado "de racionalización y sostenibilidad del SNS", aunque en román paladino fuera un diktat de exclusiones, recortes e involución del modelo de sanidad universal. El otro probablemente sea el haber reconducido la crisis territorial, dando paso al diálogo político en relación a la división, la confrontación y la deriva penal en la crisis catalana.

 

El resto de las medidas han sido gestos importantes, como la composición femenina del propio Gobierno en materia de igualdad de género; la recuperación de la concertación laboral y los gestos casi inaugurales relativos a inmigración con la acogida a los náufragos del Aquarius. También ha habido margen para las gestiones de gobierno sobre la aplicación del pacto de violencia de género y los anuncios de derogaciones o de legislaciones futuras –si la situación parlamentaria lo permite– no por ello menos importantes como la de la ley mordaza o en defensa de los derechos humanos, como el relativo a la recuperación de la persecución penal internacional, la Ley de Memoria Histórica o la Ley de Muerte Digna.


Sin embargo, en aras a la modestia, habría que reconocer las materias en que o no se quiere o no se puede avanzar y en aquellas en que se han cometido errores. Y entre las que no se quiere, todo lo relativo al presupuesto heredado del PP, las políticas de estabilidad europeas o los compromisos de defensa en el marco de la OTAN. Otra, que ni se menciona, aparte de la presencia de juristas en el Gobierno, es la prevención, denuncia y lucha contra la corrupción, en primer lugar en la financiación de los partidos políticos, cuestión contradictoria con el argumento regenerador que motivó la moción de censura y el cambio de Gobierno. Un continuismo que se corresponde con el mantenimiento preocupante del statu quo en los cuadros dirigentes, en los nombramientos y en buena parte de las políticas básicas de los correspondientes ministerios de Defensa, Exteriores, Economía, Interior…

 

Es verdad que en otras prioridades, aunque se quiera, no se ha podido por el rechazo de la oposición o por la inestabilidad o la incomprensión de la propia mayoría. El techo de gasto ha sido una de ellas, bloqueado entre el rechazo a priori de las derechas y el alto nivel de exigencia de los apoyos logrados para la moción de censura, desperdiciando con ello la oportunidad de dar un respiro a los recortes y ajustes de la inversión social y de las administraciones autonómicas y locales.
En otras se han cometido errores.

Ha habido rectificaciones, pero hay casos en los que se ha recurrido al socorrido sostenella y no enmendalla: la gestión del cambio en RTVE y algunos fiascos sonoros en materia de nombramientos son una muestra de ellas que no hay por qué ocultar.

En definitiva, nada de un nuevo sistema institucional, técnico, ni de ideas. Estamos muy lejos de un cambio de época, tan solo en un cambio de Gobierno que anuncia medidas de regeneración y, quizá, de cambios políticos. Sin embargo, en vez de un relato donde hay razones para la satisfacción, pero también para la modestia e incluso para la autocrítica, se recurre a la sobreactuación y la retórica sin necesidad, porque lo que es cierto es que una parte cada vez mayor de la ciudadanía se siente representada por el nuevo Gobierno y así lo demuestran las encuestas.


Pareciera que la revolución de las palabras pudiese cambiar la realidad compleja y contradictoria de los hechos, como reflexionara Alejo Carpentier en El Siglo de las Luces sobre la fase regresiva del consulado en la Revolución Francesa. En esta misma línea de pensamiento adanista se encuentra el relato de que todos los acontecimientos que vivimos en tiempos inciertos, donde la política es sustituida por la agitación, son históricos. Hay incluso quienes mantienen, en contraposición a esto,  que todo lo pasado fue fruto de la componenda y el tacticismo, y su resultado un régimen continuista con muy poco positivo que merezca la pena rescatar. Un tiempo gris heredado de la negra dictadura frente a las luces del presente.

Es tiempo de abandonar, en primer lugar desde el Gobierno, pero también desde la izquierda, estos falsos relatos, y con ello a los falsos profetas que los proclaman. Porque se trata de la misma retórica social falsa de la derecha, que habla de la cultura del esfuerzo y el emprendimiento frente a la inercia de la ahora llamada zona de confort, y que oculta las falsas titulaciones de un lado y la precariedad, el estrés, los trabajadores quemados y la culpabilización por no cumplir las expectativas ajenas introyectadas como culpas propias del tiempo de la transparencia del filósofo Byung-Chul Han. Tiempos de hipérbole y agitación donde todo lo nuevo se deja la piel mientras lo viejo ha fracasado y debe echarse a un lado.

Publicado en InfoLibre.es

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