Sobre la Revolución Rusa: cosas que conviene no olvidar.

Por | Pedro Chaves Giraldo.

En el segundo centenario de la Revolución Francesa, Den Xiao-Ping, veterano dirigente de la República Popular China hasta 1997, comentó que no había transcurrido tiempo suficiente para tener una verdadera perspectiva histórica sobre el impacto de tan magno acontecimiento.
La Revolución Rusa de 1917 forma parte de esos magnos acontecimientos que igualan en trascendencia y significación a la Revolución Francesa de 1789. Subvirtió la realidad existente y creó una nueva dimensión histórica en nuestra sociedad.

Desde noviembre de 1917, la victoria de los bolcheviques formó parte de lo cotidiano de nuestra existencia y el Siglo XX no puede entenderse sin su presencia. Su impacto fue, desde el comienzo, perceptible en todas las dimensiones posibles de la vida pública: la ideológica, la política, la geoestratégica, la militar, la simbólica, la económica, la artística y cultural, la de las políticas públicas.
Los historiadores siguen debatiendo hoy, cien años después, sobre las razones que hicieron posible el colapso del zarismo y la victoria de una pequeña vanguardia política con una escasa militancia y desigual implantación. Este interés histórico no ha disminuido, pero tampoco la confrontación sobre cómo interpretar y explicar lo sucedido.
Una buena parte de los debates siguen girando alrededor de la condición ineluctable de la revolución misma para unos, convertida esta condición en una suerte de destino inexcusable de la historia. La historiografía revisionista sobre la Revolución, sin embargo, enfatiza el hecho de que octubre no fue sino un “golpe de estado” y que a consecuencia de ello el terror sobrevenido sería una suerte de consecuencia inevitable de un fenómeno más militar y conspirativo que social y político.
En mi opinión, tiene mucha razón Moshe Lewin cuando señala varios errores metodológicos que han lastrado los estudios sobre la Unión Soviética (URSS) y que perduran: entre ellos pasar por alto el contexto histórico en que se desarrollan las acciones de los líderes que enfrentaron diferentes posiciones. Y un error adicional muy habitual es “sobre-estalinizar” la historia de Rusia, haciendo que el período de gobierno del dictador abrace los años anteriores y posteriores, de manera que desde 1917 hasta su desaparición, la historia de la URSS se interprete como un continuo de opresión, dictadura y gulags. Frente a esta concepción ideológica de la historia, conviene diferenciar procesos, destacar el impacto que las condiciones históricas jugaron a favor de una u otra propuesta política y señalar las diferencias entre las varias fases por las que transitó la Rusia post-revolucionaria.
Creo que puede defenderse a estas alturas que la Revolución Rusa fue un acontecimiento único y específico en el contexto de un país –la Rusia Zarista- que acumulaba contradicciones que generaron una tormenta perfecta en ese año de 1917. El dinamizador de ese acumulado de explosivos conflictos fue la Primera Guerra Mundial. En ese contexto, los actores reaccionaron de acuerdo a su ideología, implantación, relaciones sociales, historia y liderazgo. En ese juego enormemente convulso y agitado, la situación cambiaba casi cada día y ganó la organización que mejor supo interpretar las demandas de la masa de obreros, mujeres, campesinos y soldados que se movilizó durante 1917 y que, a partir de determinado momento, no estaban dispuestos a dejar pasar la ocasión de alcanzar sus objetivos.
Ni puede considerarse la Revolución Rusa como un momento singular del funcionamiento implacable de unas supuestas leyes de la historia, ni tampoco como el desenlace de una conspiración alentada desde las sombras y al margen de la dinámica política de la época.
Desde luego que el desenlace conocido de la Revolución Rusa no era el único posible. No hay ninguna teleología en la historia ni tampoco en los procesos históricos singulares como la Revolución Rusa. Sin embargo, el abanico de salidas no era infinito. La historia no es un supermercado al que acudimos para elegir, de acuerdo a criterios de maximización racional, en el estante de nuestra predilección, el precipitado histórico que nos parece más conveniente. Esa interacción creativa y abierta entre contradicciones, actores, liderazgos e instituciones, que es el conflicto social, selecciona las opciones posibles y el resultado final depende de la mayor o menor capacidad de los actores en concurso para imponer sus programas, en función de un contexto. En el caso de la Revolución Rusa el factor determinante que favoreció la movilización social y radicalizó las demandas populares fue la respuesta de las diferentes fuerzas políticas a la cuestión de la guerra y de la paz.
La centralidad de este factor es muy importante para intentar comprender los acontecimientos posteriores al momento mismo de la disolución del gobierno provisional. Observar la cadena de acontecimientos resulta, de paso, más importante a la hora de intentar extraer algunas enseñanzas útiles de este hecho histórico para otros procesos y acontecimientos que centrarse en lo que hizo posible la toma del poder por parte de los bolcheviques el 25 de octubre de 1917.
La toma del poder como tal fue, por cierto, un hecho bastante anodino, lejos de la épica romántica reflejada en la película de Einsenstein (rodada diez años después). En el acontecimiento participaron 1.600 guardias rojos, 706 marinos de Kronstadt, 47 unidades militares, 12 comités de fábrica, 5 comités de barrio y una veintena más de grupos diversos entre los cuales los anarquistas jugaron un papel relevante. Las crónicas de la época cuentan que mientras se consumaba la toma del poder, teatros, restaurantes y demás permanecían abiertos.
En términos políticos lo que ocurrió el 25 de octubre de 1917 fue una decisión que dirimía la dualidad de poderes y el empate estratégico entre el viejo régimen y los soviets, establecida en febrero. En términos técnicos, fue un golpe de estado en toda regla. Anticipado conscientemente para ofrecer al II Congreso de Soviets no una opción sino un hecho consumado.
Precisamente, entre los temas que suscitan el interés, más allá de los debates puramente históricos, y pensando en si hay algo que aprender en la ilusión de que siga siendo pensable cambiar la sociedad y que siga habiendo sociedades que merezcan ser cambiadas, está el tema de la democracia, el pluralismo y la violencia.
La violencia política fue un hecho incontestable desde el comienzo mismo de la victoria de la revolución de febrero y que tuvo continuidad en la de octubre. La guerra mundial suministró, adicionalmente, un nutrido arsenal de horrores que aplicar a los agudos conflictos sociales que Rusia vivía desde hacía décadas. Los más de dos millones de soldados que, en diferentes momentos, desertaron del frente, volvían a sus localidades o a las ciudades cargados de una cólera adicional a la que ya acumulaban por su condición de campesinos explotados. Su politización fue un factor decisivo para explicar el giro de los acontecimientos de febrero a octubre y para entender la centralidad de la guerra en el debate político y en la resolución del conflicto entre los dos poderes en disputa.
Pero después de octubre y con el comienzo de la guerra contra la contrarrevolución de diferentes signos, esos actos violentos, no necesariamente dirigidos desde el poder, gozaron del apoyo de una parte de los bolcheviques y, desde luego, de Lenin. Desde su punto de vista, esta violencia era la expresión de una firmeza imprescindible para disuadir a la burguesía y a los contrarrevolucionarios de actuar contra el nuevo poder.
Pero esa violencia “revolucionaria” en un contexto de confrontación política explosiva, de ausencia de tradiciones democráticas, se cobró una víctima inmediata: el pluralismo entre los propios vencedores. Recordemos que el II Congreso de Soviets de toda Rusia que había aprobado por mayoría –de los presentes- la toma del poder y la disolución del Gobierno Provisional, era el resultado de una coalición de fuerzas en la que, si bien los bolcheviques eran mayoría, no eran únicos. A diferencia de otros partidos cuyas alas, derecha e izquierda, se dividieron en el proceso, los bolcheviques mantuvieron una importante unidad de acción, pese a las diferencias. Probablemente, este sea otro hecho que contribuya a explicar su victoria. Sin embargo, el primer gobierno salido de los soviets, llamado Consejo de Comisarios del Pueblo, estaba compuesto exclusivamente por bolcheviques.
La disolución de la Asamblea Constituyente fue un paso atrás en una reivindicación que había sido parte del ADN de, precisamente, los bolcheviques. Tanto Trotsky como Lenin utilizaron el argumento de que la elección ya no representaba el estado de ánimo de la sociedad ni la correlación de fuerzas real y que, por tanto, no tenía sentido la existencia misma de un parlamento burgués, toda vez la clase obrera había conseguido el poder a través de los soviets.
Frente a ese argumento, Rosa Luxemburgo, la revolucionaria alemana, argumentaba que la única respuesta democrática razonable era haber convocado nuevas elecciones: “Lenin y Trotsky no querían, y no debían, confiar el destino de la revolución a una asamblea que reflejaba la Rusia kerenkista de ayer, del período de las vacilaciones y alianzas con la burguesía. Por lo tanto, lo único que quedaba por hacer era convocar una asamblea que surgiera de la Rusia renovada que tanto había avanzado”.
Rosa Luxemburgo criticó abiertamente lo que parecía una justificación ad hoc de Trotsky y una minusvaloración de los métodos y procedimientos democráticos, cuando éste sostiene que durante una revolución, cualquier clase de representación popular surgida de elecciones universales resulta inadecuada.
Rosa Luxemburgo enfatiza la interacción entre las instituciones representativas y el cuerpo social y defiende que la capacidad de las instituciones para dar vida y cabida a los conflictos sociales existentes determina su calidad democrática. Por último, concluye con una afirmación y tesis política que, vistos los acontecimientos posteriores, mostró ser toda una premonición: “Ciertamente, toda institución democrática tiene sus límites y sus deficiencias, algo que comparte con el resto de instituciones humanas, pero el remedio de Lenin y Trotsky, la eliminación de la democracia como tal, es peor que la enfermedad que se supone que debe curar, pues seca la única fuente viva de la cual puede surgir la corrección de todas las deficiencias innatas de las instituciones sociales. Esa fuente es la vida política activa, sin trabas, enérgica, de las masas más amplias del pueblo”.
A esto se acompañaba que la única vía de participación –los soviets- eran negados para amplias capas de la población a partir de una Ley electoral restrictiva que solo consideraba ciudadanos con derechos políticos a aquellos que tenían un trabajo. Por último, Rosa Luxemburgo alude “…a la destrucción de las garantías democráticas más importantes para una vida pública sana y para la actividad política de las masas trabajadoras: la libertad de prensa, los derechos de asociación y reunión, que les han sido negados a todos los opositores al régimen soviético”.
La guerra civil iniciada en diciembre de 1917 y que terminó en 1921 fue devastadora en términos económicos, políticos y morales. Su brutalidad, sobrevenida a la no menos salvaje Primera Guerra Mundial, de la que Rusia apenas acababa de salir, tuvo un efecto que no puede menospreciarse sobre la capacidad de dirección política de los bolcheviques. Mediante la lucha militar, el aparato central se fortificó y consolidó. La confrontación militar barrió la oposición externa y mutiló la oposición interna entre la coalición de fuerzas revolucionarias, primero y dentro de los propios bolcheviques durante e inmediatamente, después. Se privilegiaron métodos expeditivos y de represión para solventar diferencias y se extendió un clima de sospecha y desconfianza entre los bolcheviques frente a los que no estaban abiertamente de su lado.
Por último, los soviets, la joya más preciada del empoderamiento popular nacidos en 1905 y desarrollados por toda Rusia en 1917, fueron subordinados y sometidos a las decisiones del Partido Comunista (autodenominado así desde marzo de 1918), convertidos en órganos administrativos de legitimación de decisiones tomadas en otro lugar. Después de Octubre, nunca llegaron a ser auténticos órganos de poder popular.
Sin embargo, estos elementos no conducían de manera indefectible al terror estalinista. De hecho, antes de la muerte de Lenin –acaecida en enero de 1924- y al final de la guerra civil, se puso en marcha la que se denominó Nueva Política Económica (NEP), un prudente retorno a un camino más lento de articulación social. Sin embargo, esta combinación de NEP, cooperativas, cultura, internacionalismo, fue dramáticamente cortado por el ascenso de Stalin a la secretaría general del partido, pese a las prevenciones de Lenin. La lógica de las purgas internas devastó la vieja guardia bolchevique salida de la revolución de octubre. Entre 20.000 y 40.000 cuadros del partido fueron ajusticiados, enviados a la cárcel o a Siberia. En ese período, un nuevo tipo de militante se había hecho con los mandos del partido, y en ausencia de cualquier oposición interna o mecanismo de expresión de la misma, el terror se convirtió en el modo preferido de control político por parte del nuevo régimen.
En 1929 se pone fin a la NEP y comienza un proceso acelerado de colectivización del campo, que fue un desastre humano y económico. Su pretensión era acabar con la economía privada campesina y con los que se habían enriquecido durante el período de vigencia de la NEP. Los ricos y menos ricos en el campo, los kulaks, fueron diezmados, trasladados por miles a zonas inhóspitas o muertos de hambre durante el período de colectivización. Nada de esto hubiera ocurrido sin la existencia de ese poder centralizador y coercitivo y esa cultura política de la persecución y de la destrucción del adversario.
El legado del arcaísmo del sistema político zarista y de la ausencia de canales de participación fue doble: de un lado el país careció de tradiciones y cultura democrática que hubieran podido servir de baluarte en un momento donde la historia se aceleró de manera vertiginosa. El otro aspecto es que la confrontación política se expresó virulentamente codificada en clave de “ellos” contra “nosotros”, un contexto poco propicio para el acuerdo y el compromiso.
La disolución de la Asamblea Constituyente y el comienzo de la Guerra civil asestaron golpes definitivos a cualquier posibilidad de un decurso más pluralista e inclusivo de la revolución. El primero de los elementos fue una decisión que compitió a los bolcheviques casi en exclusiva. Como muestra el texto de Rosa Luxemburgo, entre fuerzas revolucionarias de parecido signo y calidad existían otras visiones sobre el significado de la democracia y sobre el papel de los derechos democráticos en el proceso revolucionario.
La Guerra Civil produjo efectos devastadores en la sociedad rusa, y multiplicó la desconfianza de los bolcheviques frente a los adversarios internos.
Para cuando la guerra civil terminó, no quedaba ni rastro de la vitalidad participativa y democrática expresada por las masas populares en la revolución de febrero. De ser auténticos órganos de poder popular, los soviets habían pasado a convertirse en un espacio administrativo de legitimación de la política del partido. Sin contrapesos ni oposición interna, todo el debate y las diferencias se situaron entonces al interior del partido mismo.
Aquí la cultura política de debate, confrontación y camaradería propias de la vieja guardia bolchevique comenzaron a vivirse como un estorbo en un proceso de importantes y desconocidas decisiones. En ausencia de canales públicos de expresión, de una cultura de la diferencia y la pluralidad, de un espacio público abierto al debate y al conflicto, la vida interna del partido quedó atrapada en la lógica de la conspiración y la intriga.
En ese escenario, por decirlo brevemente, Stalin jugaba con ventaja. Su habilidad consistió en comprender la capacidad de ejecución que podría tener un partido monolítico y disciplinado alrededor de un liderazgo no discutido.
En 1934, Stalin estuvo a punto de perder la Secretaría General del Partido a manos del secretario del partido en Leningrado, Kírov. Meses después, éste último fue asesinado en extrañas circunstancias y Stalin aprovechó la conmoción para lanzar una cacería que terminó con los últimos supervivientes de la vieja guardia y amplió el espacio social de la represión.
Muchos acontecimientos permanecen sujetos a debate y no dependen ya del conocimiento de archivos y documentos. La Revolución Rusa es uno de ellos. Marcó un antes y un después en la historia, pero su condición de revolución de los de “abajo” ha perdido capacidad ejemplificadora, en la medida en que el país que ayudó a poner en pie ya no existe. Sin embargo, su legado simbólico aún persiste en el tiempo: la Revolución Rusa fue un llamativo ejemplo de empoderamiento popular y expresión de una inequívoca voluntad de cambio político y social. Los y las de abajo dijeron “¡basta!” en febrero y octubre de 1917. Lo que vino después forma parte de una historia diferente.

Publicado en Publico.es

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