Cataluña.

Por | Luis García Montero.

La verdad es que hay muchos asuntos sobre los que me gustaría escribir esta semana para dialogar con los lectores de infoLibre. La utilización de Trump de los jóvenes sin papeles, la tragedia de nuestras fronteras y las devoluciones en caliente, la precariedad laboral, el dinero que nos ha costado rescatar a la banca… Tantas, tantas cosas.

 

Pero siento la obligación de escribir sobre Cataluña. Ya sé que se han publicado miles de artículos, que se ha dicho todo, que la radio y la televisión son estos días animales rumiantes que dan vueltas al asunto en sus bocas insaciables. ¿Qué puedo aportar yo? Un sentimiento, el sentimiento personal de la tristeza. Es poca cosa, pero no está fuera de lugar. Al fin y al cabo el nacionalismo es una cuestión de sentimientos. Me atrevería a decir que el nacionalismo en el siglo XXI sólo es respetable porque los sentimientos son respetables.

La unificación tecnológica y económica del mundo es la realidad impuesta por el capitalismo avanzado. Esta realidad genera diversas dinámicas que podemos resumir en dos: la vuelta nostálgica a las identidades cerradas o el esfuerzo por crear estados abiertos que recuperen la soberanía cívica frente al imperio de la especulación y permitan al mismo tiempo la libertad y la integración de la gente. El discurso de las identidades cerradas está en la base de los nuevos caminos de la derecha. El discurso que llama a la flexibilidad de las fronteras —Estados fuertes contra la avaricia del dinero y solidarios con el dolor humano—, supone el esfuerzo difícil por mantener la ilusión política ante las devastaciones del neoliberalismo.

Por eso me identifico más con los conflictos sociales (los viejos y nuevos aspectos de la lucha de clases) que con los asuntos territoriales. Pero si respeto el discurso independentista catalán es porque creo que los sentimientos son respetables en política. Creo también que el derecho a la autodeterminación forma parte indispensable de la democracia. Hay momentos en los que un conflicto debe resolverse en las urnas.

Escribo “hay momentos”. Ya sé que los partidarios del naturalismo esencial, los amigos de los genes y las determinaciones biológicas, pueden situar unas raíces nacionales permanentes a través de los siglos. Son fieles a la virgen de Covadonga o a la de Montserrat. Yo me limito a observar la historia. Hace 30 años una parte mayoritaria de la identidad catalana podía sentirse segura de ella misma sin la necesidad de independizarse de España. Eso forma parte de mi vida y de mi amistad íntima con Cataluña.

¿Qué ha ocurrido? La catástrofe se llama Partido Popular. De todas las herencias de los años de gobierno del PP (corrupción, manipulación de las instituciones públicas, apuesta por la desigualdad galopante), la más grave es sin duda la estrategia consciente de alentar las ofensas a Cataluña en su propio beneficio electoral. Las ofensas innecesarias a su Estatuto, a su lengua, a sus escuelas, le han servido a la derecha para ganar votos en la España profunda y para crearle problemas a las alternativas de izquierdas que pretenden centrarse en los asuntos sociales, pero respetando al mismo tiempo la singularidad política de los territorios. La irresponsabilidad del PP ha hecho que los debates propios de la crisis económica española se encarnen, desde los intereses más diversos y extremos, en el independentismo.

El bochornoso espectáculo de esta semana fue la consecuencia final de ese proceso. El gobierno catalán ha entrado en el juego comportándose de forma bananera, violando sus propias leyes y violentando a sus funcionarios. La situación es triste porque durante años Barcelona ha sido para mí la ciudad cultural más progresista de España, un ejemplo a seguir. No sólo es la ciudad de muchos de mis escritores (Espriu, Gil de Biedma, Vinyoli, Marsé, Goytisolo, Margarit…), sino también la del republicanismo cívico del honorable Tarradellas que volvió del exilio y fue capaz en pocos años de darle a la Generalitat una dignidad institucional llena de sentido y de raíces sociales.

De todos los comportamientos de esta semana, sólo puedo identificarme con Joan Coscubiela, un viejo camarada de CCOO e Iniciativa. Joan se vistió de Voltaire. La misma persona que está dispuesta a romperse la cara por defender el derecho democrático a votar la independencia, no puede consentir una violación de la democracia tan impudorosa y autoritaria como la que representaron los gobernantes catalanes en el Parlament.

Estamos a punto de entrar en un desierto. ¿Qué hacer? El conflicto catalán no pueden resolverlo políticos como Aznar, Rajoy, Pujol o Mas, atrapados en la demencia de sus propias corrupciones. Sólo es imaginable una solución colectiva de la gente con su voto. La democracia no es inmovilidad, pero sí tiene mucho de paciencia. La esperanza no está en unas rabietas inmediatas y manipuladas que sigan alimentando el fuego de las cavernas. Hace falta esperar a unas próximas elecciones, en España y Cataluña, que cambien el panorama. Tal vez entonces las cosas puedan hacerse de otra manera aquí y allà.

Publicado en Infolibre.es

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