Los sentimientos del rey y los números de Rajoy.

Por | Luis García Montero

Por un 2017 lleno de conflictos, sin serenidad, sin consensos amañados, sin mentiras, sin patrias, sin dioses, sin reyes, sin tribunos.

Los discursos del rey y del presidente de Gobierno supusieron una utilización económica de los sentimientos y una mirada sentimental de la economía. Mientras el monarca se llenaba la boca con la palabra todos, Rajoy presentaba el crecimiento económico como un logro de España. Los sentimientos sirven con frecuencia familiar para evitar el conflicto. De política no se habla aquí, dicen las madres cuando los asuntos de la corrupción pública caen sobre las mesas y los mantecados. España sale de la crisis, dice el gobernante para que la ciudadanía sienta como un logro propio los beneficios del BBVA o de Telefónica.

 

El rey y el presidente han querido de común acuerdo despedir el año como se despide una época de incertidumbre, radicalización y falta de sentido común. Nos invitan con sus palabras a buscar alternativa: una realidad virtual de alegrías, quimeras y triunfos. Para eso han elaborado sus discursos con la intención prioritaria de negar el conflicto. En el mundo sentimental que proponen no existe el conflicto, sino la comunión. El dinero de un salario mínimo pertenece a España tanto como el sueldo millonario de un alto ejecutivo. La persona a la que le cortan la luz siente el Todo español tanto como el banquero o el futbolista que viajan en avión privado en busca de una cena navideña.

Al monarca le correspondió hablar como el padre de la gran familia española. Lo importante en Navidad es lo que nace, el mundo que empieza ahora, la convivencia y amor, es decir, algo parecido a la gran coalición entre PP, Ciudadanos y PSOE que celebró Rajoy. ¡Estamos asegurando la estabilidad! En vez de bloqueo, el orgullo español del Todos nosotros se plasma en el apoyo parlamentario que ha recibido el Gobierno en relación a sus objetivos presupuestarios, deuda pública y techo de gasto.

Las palabras del rey, por ser hijo de su padre, se permitieron elevar el olvido del conflicto hasta los años de la guerra civil. Llegó a pedir que nadie agite viejos rencores o abra heridas cerradas. En esa línea de renuncia a la verdad y la justicia, Rajoy desplazó la armonía sentimental hasta el presente, para que la actitud responsable y el entendimiento acaben por fin con meses de protestas, desacuerdos y rupturas.

Se trataba de anunciar el nacimiento de una nueva época en la que van a seguir gobernando los mismos. Salimos de la crisis provocada por las élites económicas y políticas gracias al sentido común de esas mismas élites. La crispación de los necesitados se arregla con la serenidad de los que ocupan el trono, con un consenso sentimental no basado en la igualdad, sino en la servidumbre voluntaria. Rajoy lo dijo: ha sido admirable el esfuerzo que ha hecho la sociedad española en su conjunto. La reina y yo, el presidente, los banqueros, los ejecutivos de ÍBEX-35, los jueces, los fiscales, los políticos, los albañiles, los funcionarios, los autónomos, los parados, los poetas, las putas y los putos, todos hemos hecho un gran esfuerzo de familia española. No escribo eso de todos y todas porque la igualdad de género, la violencia machista y la feminización de la pobreza han recibido poca atención en los discursos navideños. Para romanticismos ya están el rey y el presidente.

A la hora de crear una realidad virtual de amor y éxitos resulta imprescindible silenciar asuntos como la violencia de género, la corrupción, la pérdida de poder adquisitivo de los pensionistas, el futuro de las pensiones, la judicialización de la política en Cataluña, el carácter precario de los puestos de trabajo que se crean, el deterioro galopante de la sanidad y la educación públicas, la violación de los derechos humanos, la telebasura, la manipulación informativa de los grandes medios y el espectáculo de traiciones, mentiras y asesinatos políticos al que hemos asistido. En fin, todo lo que ha caracterizado nuestra realidad en 2016. Primero se ocultan los conflictos; luego se nos niega el derecho a ser conflictivos ante la injusticia. Vamos hacia una Navidad perpetua.

El rey aludió con voz firme a la tecnología. Los discursos navideños han aprendido de ella a crear realidades virtuales capaces de negar la realidad histórica, el mundo de carne y hueso.

¿Y qué puede hacer un poeta? Cuando los reyes se ponen líricos, me parece oportuno que los poetas se nieguen a compartir sus coronas. Nada hay más poético que la realidad de la gente que sufre bajo el manto navideño de los poderosos. Os deseo un 2017 lleno de conflictos, sin serenidad, sin consensos amañados, sin mentiras, sin patrias, sin dioses, sin reyes, sin tribunos.

 

Publicado en InfoLibre.com

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