Del eurocomunismo al dilema Varufakis.

Por | Gaspar LLamazares y Pedro Chaves.

El exministro griego ha formulado con la claridad que le caracteriza el dilema de nuestros días: es más fácil en nuestras sociedades, en la actual coyuntura, una salida política reaccionaria que la consolidación de una perspectiva de cambio socialista. Y tiene razón. Por mucho que nos parezca de toda evidencia que la alternativa civilizatoria expresada por Rosa Luxemburgo: o socialismo o barbarie, es tanto más actual hoy que cuando ella la formuló. En términos reales, de representación política, el socialismo no es hoy la expectativa que conmueve los corazones y las ilusiones de las gentes en Europa, sin ir más lejos.

 

Este es el drama de nuestros días: la evidencia de que las perspectivas de superar el capitalismo depredador y salvaje que nos asola están lejos, muy lejos de querer ser representadas por las organizaciones políticas de la izquierda transformadora. En el imaginario simplificador de cierta visión dogmática del marxismo, la crisis económica traería de la mano un incremento sustancial del caudal de apoyo a las fuerzas revolucionarias. Bastaba con sentarse en la puerta, hacerse el longui y esperar que de manera natural las fuerzas de la historia hicieran su trabajo.

Nos gustaría proponer la siguiente reflexión: ¿Qué problemas nos atenazan, que dificultades abordamos en la izquierda alternativa para poder cumplir nuestro deseo de representar a los oprimidos de tantas opresiones e injusticias en estas décadas ominosas? ¿Qué cosas no estamos haciendo bien? O, dicho de otro modo, ¿qué es lo que explica el avance imparable de las fuerzas de extrema derecha en Europa, por ejemplo? Y, a continuación: ¿por qué los partidos del sistema son más resilientes que nosotros? Quizá esta reflexión nos exigiría dar cuenta de los cambios vividos en nuestras sociedades y sacar las oportunas conclusiones. Quizá estas conclusiones no sean del agrado de todos, pero necesitamos hacer un esfuerzo de inclusión y de apertura de mente, considerando lo que nos jugamos. La condición de esa apertura es dejar a un lado las etiquetas. Aunque éstas contribuyen a simplificar el debate político, en lo que nos ocupa, intentar comprender qué ocurre para saber encontrar las mejores alternativas, el uso regular y sistemático de etiquetas es, ni más ni menos, un estorbo.

En segundo lugar, el revisionismo histórico no ayuda mucho. Esa inveterada manía de proyectar sobre el pasado los dilemas que entretienen nuestros días, pervierte el análisis sobre lo que ocurrió y ciega las oportunidades que una lectura más objetiva podría tener sobre el presente. Deberíamos reconocer, por último, nuestra limitada capacidad para predecir el pasado.

Siendo así, el debate sobre algunas partes de nuestra biografía política debería ser más histórico y menos doctrinario, más abierto en términos ideológicos y menos auto-centrado en las querencias del movimiento comunista oficial. Es oportuno e interesante abordar la aportación histórica del eurocomunismo, por ejemplo, pero también es útil no eludir la represión de la disidencia interna común en el modelo político y organizativo del estalinismo, o los desastres ocasionados por el sectarismo (el caso de Bórdiga en Italia minimizando el impacto de la Marcha sobre Roma de Mussolini, por ejemplo) o las condiciones de éxito de las revoluciones que fueron triunfantes y su legado; o los nuevos procesos de cambio abiertos en América Latina. Si no somos ni eurocéntricos ni pensamos que nuestra historia singular es la única historia, tendremos una mejor perspectiva para el análisis y un diagnóstico lo más cerca posible de la verdad. Desde aquí será más fácil compartir ideas y propuestas para ganar la batalla a la extrema derecha y al sistema que la alimenta.

Es recurrente una cierta fijación infantil con el eurocomunismo como ejemplo de los males tradicionales de la izquierda reformista y traidora en persecución de un espacio al sol del sistema. Con toda seguridad, esta división entre reformismo y revolución reformulada de diferentes maneras es común a todas las tradiciones políticas. Aznar también reprende a Rajoy por su alejamiento proverbial del buen camino del dogmatismo neoliberal y nadie diría de Rajoy otra cosa que no fuera que es un neoliberal de tomo y lomo.

El eurocomunismo se explica, ante todo, como un fenómeno de época. Es una propuesta setentera por las preguntas a las que quiere responder y por el tipo de soluciones que propone. Este intento de adaptación del cambio hacia el socialismo que el eurocomunismo propone no se entiende sin ponerlo en la perspectiva de la doble crisis del momento: la crisis del capitalismo y la crisis del socialismo real.

El eurocomunismo involucró a los dos partidos comunistas más grandes de Europa (el francés y el italiano) y a un tercero que aspiraba a serlo (el de España). Se olvida a menudo que la ciencia política del momento consideraba como lo más probable que en España se repitiera el caso italiano: la hegemonía del comunismo en la izquierda. Y con tal seguridad los poderes políticos en España y fuera de España se conjuraron para evitar tal riesgo.

Los debates que sustanciaron la división del movimiento comunista en ese momento parecen hoy cosa de un pasado muy lejano: el papel de la dictadura del proletariado, el papel de la democracia en el proceso de transición hacia el socialismo, el reconocimiento del pluralismo político como un elemento básico de nuestras sociedades etc. Había también cuestiones geopolíticas en juego: la defensa de modelos propios y específicos de transformación social frente a la voluntad del modelo hegemónico soviético. Convendría no olvidar el cisma que produjo la invasión soviética de Checoeslovaquia en 1968 o la turbación y el impacto del anegamiento en sangre del intento de socialismo democrático de Salvador Allende en Chile. Pero también y en ese mismo año se produjo la revolución del 68, y con ella la evidencia de la aparición de nuevos sectores sociales, nuevas demandas y nuevas exigencias de representación.

El eurocomunismo tuvo una gloria efímera, apenas tres años entre 1976-1979, si bien puso de manifiesto que la reflexión que proponía venía de más lejos y no iba a detenerse por el fracaso de sus proponentes. Para algunos, el declive de las fuerzas revolucionarias es imputable en exclusividad a esa estrategia, pero eso no explica por qué los partidos que no la siguieron se han hundido en la marginalidad o mantienen, a duras penas, un estatus periférico en el sistema de representación. De hecho, y desde entonces, el panorama de la representación política en la izquierda alternativa se ha vuelto más complejo y plural.

Hoy la cuestión está en saber si las preguntas parecían pertinentes más allá de sus propuestas y resultados. A nuestro juicio, sí. De alguna manera la reflexión sobre los cambios de época que se estaban viviendo había interesado a las mentes más lúcidas del marxismo no ortodoxo: Gramsci, por ejemplo. La articulación del dominio político alrededor del concepto de hegemonía ofrecía nuevas vías de interpretación sobre la dominación de las clases subalternas y sobre las perspectivas de la lucha revolucionaria y la transformación social.

Muchos factores condenaron al eurocomunismo. Uno, no menor, su voluntad de apertura político-ideológica junto al mantenimiento y defensa de un modelo de organización plebiscitario, jerárquico y centralizado: la enconada defensa del socialismo plural y democrático con la práctica de expulsiones de los disidentes como método de deliberación y decisión no parecía una combinación muy virtuosa.

Sin embargo, reducir la complejidad de aquel momento histórico y los debates que se suscitaron a una cuestión de meras texturas (ser más o menos blandito con la socialdemocracia) resulta muy empobrecedor.

Como afirmaba César Rendueles, consideramos que los procesos de larga duración no son ni monótonos, ni aburridos, ni opacos. Basta con tener la curiosidad de saber qué pueden ofrecernos. Y el eurocomunismo, junto a otras aportaciones, se inserta en un proceso histórico que conmueve hasta los cimientos a las fuerzas alternativas: su capacidad de adaptación al sistema dominante para transformarlo. En la medida en que hablamos de procesos vivos, no existen recetas precisas.

Hay quien se empeña en creerse y proclamarse poseedor del termómetro que mide con exactitud la temperatura correcta que discrimina entre un buen revolucionario y un traidor a la causa. Esa aproximación a una pluralidad que nunca va a dejar de existir nos ha hecho mucho daño y parece que promete seguir infringiendo feas heridas en el cuerpo de las fuerzas del cambio.

El dilema Varufakis nos interroga más allá de nuestras pequeñas andanzas personales. De hecho, si fuéramos capaces de sacar la nariz de nuestros ombligos, observaríamos que estamos ante un cambio de época, ante lo que Shakespeare llamaba “tiempo de bastardos”, un momento histórico, un parte-aguas de la historia. Un tiempo constituyente que, por el momento, dominan las fuerzas más reaccionarias y regresivas. Ahí están nuestros enemigos de verdad.

Nos situamos con Gramsci en la perspectiva de intentar construir un bloque social y político que, primero, reaccione frente a la barbarie; que la contenga después, y que finalmente sea capaz de enunciar la promesa de un futuro mejor para la inmensa mayoría. Haremos eso con el corazón, los sentimientos y los argumentos. Y para ese fin nos necesitamos todos: si es cosa de texturas, que el horneado de la mezcla de lo duro y lo blando resulte un bizcocho de intenso sabor, lo suficientemente esponjoso.

Gaspar Llamazares es portavoz de Izquierda Abierta
Pedro Chaves es investigador y politólogo

 Publicado en InfoLibre.es

 

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