Elogio de la política.

Por | Luis García Montero.

Cualquier camino que desprestigie la política y degrade la representación parlamentaria, aunque parezca muy contestatario, acabará bailando al servicio de las élites.

Dice el refrán que no es lo mismo verla venir que bailar con ella. El error divertido de una diputada de Costa Rica llenó de picante el refrán al afirmar en un lapsus histórico que no era lo mismo verla venir que tenerla dentro. Bueno, pues después de las agitaciones de los últimos meses hay que aceptar que ya bailamos con un nuevo gobierno del PP. La punzada que provoca haber perdido una oportunidad de cambio permite decir con propiedad que ya la tenemos dentro.

 

El espectáculo vivido permite dos lecturas: o tomamos conciencia de la llegada de un tiempo nuevo o nos dejamos llevar por el vértigo de la degradación. Hay muchas posibilidades de que la espantosa realidad sufrida sólo sirva para desprestigiar todavía más el mundo de la política. Ese desprestigio siempre favorece a unas élites que quieren tener las manos libres para seguir planificando sus negocios. Dejar al Estado en los huesos supone evitar cualquier regulación social de la democracia y, al mismo tiempo, utilizar el esqueleto de los gobiernos en beneficio propio.

No será extraño que la sociedad tenga que recibir una vez más los pisotones del baile de Rajoy. Lo malo es que al mismo tiempo será desprestigiado el único camino que tiene para detener su música y salir de la pesadilla: la política. Los mismos que disfrutan del desmantelamiento de los servicios públicos y de la degradación laboral, animarán las críticas al gallinero político, a sus ambiciones, sus promesas falsas, su sectarismo, su tendencia a la corrupción y la mentira. El espectáculo pornográfico que ha protagonizado la cúpula del PSOE es un dolor grave no sólo para los militantes socialistas, sino para el crédito general de la política.

Conviene, pues, tomar conciencia de la llegada de un nuevo tiempo mientras bailamos con Rajoy. Muchas voces de la izquierda argumentaron durante años la necesidad de acabar con la Sagrada Transición Española. El mal uso que el bipartidismo hizo de las instituciones públicas ofreció datos suficientes para mantener opiniones negativas. Pero la realidad ha ido demostrando que las élites económicas eran las más interesadas en acabar con la Transición. La crisis económica y el diseño de una Europa desigual permitieron que tuviesen como objetivo la recuperación de los privilegios perdidos en su paso a la democracia.

El abrazo final entre el PSOE y el PP representa precisamente eso: el final de los escenarios de la Transición según una lectura neoliberal. Se acabó la trasnochada división entre la derecha y la izquierda porque la sensatez no depende ya de los enfrentamientos políticos, sino de las necesidades de una economía común y beneficiosa para todos.

Pero este nuevo tiempo político permite también una lectura alternativa, una razón contraria: se trata de tomar conciencia una vez más de que la realidad económica no es un territorio común y beneficioso para todos. El beneficio de las élites se produce a costa de la explotación de las mayorías. Esa toma de conciencia, superado el bipartidismo, debe situarse en un escenario nuevo en el que la política, su crédito, su capacidad de interpretación y de propuesta, tendrá que jugar un papel decisivo. Cualquier camino que desprestigie la política y degrade la representación parlamentaria, aunque parezca muy contestatario, acabará bailando al servicio de las élites.

La configuración de una alternativa al imperio neoliberal exige estrategias a corto y largo plazo. Por lo que se refiere a lo inmediato, resulta imprescindible tener en cuenta el papel de los grandes medios de comunicación a la hora de escribir el relato de lo que sucede. Tan necesario es apoyar la existencia de un periodismo independiente como evitar excesos y bufonadas infantiles que faciliten la labor de los medios tradicionales a la hora de desacreditar una alternativa política al neoliberalismo.

Por lo que se refiere al largo plazo, nada es más importante que devolverle el protagonismo de la discusión política a la reivindicación laboral. Es una tarea muy complicada. Además de denunciar la precariedad del trabajo y la indecencia salarial –que se han facilitado mucho con las últimas reformas–, el largo plazo se relaciona con la inercia social que nos gobierna desde hace años. El centro de la economía ha pasado de la producción a la especulación y del mundo del trabajo a la lógica del consumo. El camino de los mercados actuales es conseguir que la gente gane cada vez menos y consuma cada vez más. En esta paradoja se reparten hoy las cartas de la explotación. Por eso es importante formular nuevas alianzas entre la política y el sindicalismo. Habrá que encontrar la manera de que la metáfora de la gente recupere espacio en el trabajo digno y se aleje del consumo. La gente como realidad laboral más que como producto televisivo. ¿Puede hoy una experiencia real sustituir al mundo virtual de las informaciones manipuladas?

Para estos afanes a corto y largo plazo, hay algo imprescindible: mientras vemos cómo se hunde el PSOE y cómo baila Rajoy, es necesario dignificar la política, salvarla de su desprestigio programado.

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