Un Gobierno posible.

Por | Luis García Montero.

La articulación territorial del Estado español es una de las cuestiones decisivas de nuestra política actual. El protagonismo del sentimiento independentista en Cataluña supuso el primer síntoma claro de que los pactos de la Transición y la Constitución de 1978 empezaban a no dar soluciones a las realidades políticas y sentimentales del país. Es un fenómeno que hay que situar junto al deterioro del bipartidismo o al surgimiento de nuevas formaciones.

 

Resulta especialmente significativo que un asunto tan serio como la configuración del Estado se haya abordado de manera indirecta y con fines de puro espejismo dentro de la política espectacular y de las manipulaciones mediáticas. Las derechas españolas y catalanas han utilizado el conflicto nacional para desviar la atención de su neoliberalismo salvaje y del paulatino desmantelamiento del Estado del bienestar. Mientras deterioraban la sanidad y la educación públicas e imponían una legislación laboral parecida a la esclavitud, se adornaban convirtiendo en caricatura a la bestia catalana y al ogro españolista. Echar leña al fuego es uno de los hábitos de la cepa hispana y bien saben las Vírgenes de Covadonga y de Montserrat la leña que la derecha ha echado a este fuego en favor de sus propios intereses.

La izquierda tampoco ha sabido responder en este caso al juego establecido. Si algunos sectores se han olvidado de la cuestión social en nombre del nacionalismo, otros han sido incapaces de reconocer el derecho democrático a la autodeterminación. El sentimiento nacionalista o independentista encaja en la democracia con el mismo derecho que cualquier otro sentimiento pacífico. Negar un referéndum de autodeterminación es un acto de autoritarismo legal cuando la mayoría de un parlamento democrático lo exige.

Como ocurre siempre, cerrar los ojos y no abordar los conflictos sólo sirve para pudrir la situación. Y, además, los conflictos aparecen por mucho que se cierren los ojos. Por ejemplo: la cuestión territorial es uno de los problemas de más peso a la hora de constituir un Gobierno en España. Y no sólo porque los nacionalistas catalanes y vascos tengan un número de votos muy considerable en una realidad política fragmentada, sino también porque el tema de España se convierte en argumento sentimental de fácil para encubrir problemas internos, ambiciones personales y estrategias partidistas.

El caso más llamativo es el de Ciudadanos. Ha proclamado su deseo de no poner líneas rojas, ha esgrimido como ejemplo moral su interés en llegar a acuerdos y en desbloquear situaciones y ha reivindicado con orgullo su capacidad de trabajo veraniego para pactar con el PP. Fracasada la candidatura de Rajoy, parecería lógico que Ciudadanos, en su ánimo constructivo, apoyase o facilitara con su abstención un posible Gobierno del PSOE y Podemos. Tendría que hacer ahora lo mismo que le pedía a los demás. Por lo que ya hemos oído, parece que esa no va a ser su postura. Y la cuestión territorial será su argumento prioritario.

Tomarse en serio la cuestión territorial debería facilitar un acuerdo entre las opciones de izquierdas y los nacionalismos para evitar que el PP, tan nocivo en asuntos sociales como en diálogos democráticos, volviera a gobernar.

Para conseguir ese acuerdo hoy, en septiembre de 2016, después de lo que hemos vivido en España durante los últimos años, harían falta dos cosas:

1) Que la izquierda reconociese el derecho democrático a celebrar un referéndum de autodeterminación.

2) Que los nacionalistas comprendieran que no puede exigirse la celebración de ese referéndum en esta legislatura.

La misma derecha que pacta la mesa del Parlamento con independentistas catalanes vuelca sus poderes mediáticos en demonizar a todo el que habla de diálogo con los nacionalistas. Lo lleva haciendo así desde que impugnó en el Tribunal Constitucional el Estatut aprobado por Cataluña. Es tan zafia que para crearle problemas al PSOE se muestra capaz de dinamitar España, aquello que dice defender. Creo que la respuesta más útil es promover una situación distinta, sin crispaciones ni urgencias inmediatas, capaz de abrir un marco de diálogo que permita reformas legales y reconocimientos de derechos democráticos.

Ahora estamos todos jugando una competición fuera de casa y con reglas que no son las nuestras. La mejor manera de que cambien las cosas es configurar una mayoría de cambio. Los números dan. A un presidente como Rajoy conviene llevarle la contraria. Le dijo al Parlamento que era una irresponsabilidad no votar por él en la investidura, y el Parlamento no le ha hecho caso. Dijo también que más allá de su persona sólo existe el caos. Convendría demostrarle a él y a sus cortesanos que están equivocados.

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