#RevoluciónDemocrática para una izquierda ganadora. El documento de IzAb para la XI Asamblea de IU.

Hemos vivido tiempos difíciles y turbulentos en IU, tiempos de confusión en los que hemos sentido que el proyecto mismo estaba en cuestión sin que, formalmente, se hubiera abierto ningún período de reflexión y debate sobre este asunto. La XI Asamblea nos abre esa oportunidad.

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 Los resultados electorales no han sido los esperados aunque los más de 900.000 votos recibidos siguen siendo una garantía acerca de la viabilidad del proyecto. Sobre todo cuando parece obvio que el encantamiento producido por Podemos se desvanece a una velocidad precipitada

 
   

Hartas de la izquierda que pierde, o se acompleja, hagamos lo necesario para ocupar y engrosar un espacio de izquierda alternativa, federal y plural, ganador. Muchos procedemos de modelos POLÍTICOS de éxito y queremos proponerlos al resto de compañeros y compañeras porque la gente de izquierdas tiene el derecho a ser de IU, e IU tiene el derecho a vencer.

 

Llegados a este punto parece evidente que una inmensa mayoría de la militancia comparte ideas esenciales para este momento político en nuestro país: la necesidad de Izquierda Unida es una de ellas, reivindicando el orgullo por un pasado (y su mochila) en el que fue muy difícil defender las ideas de izquierdas como única fuerza a nivel estatal, a contracorriente, enfrentándonos a la voracidad neoliberal y a una gran coalición que apenas dejaba respirar.

Pero compartimos también que este es tiempo de confluencias, de encuentros y de acuerdos, que es tiempo de aprovechar la oportunidad para darle la vuelta a la política en nuestro país e inaugurar un nuevo tiempo. Somos conscientes, desde hace tiempo, que IU no es la única fuerza política significativa en el espacio de la transformación social. Para decirlo con total claridad: sin confluencias, sin acuerdos no habrá construcción de un bloque social y político alternativo, no habrá posibilidades de plantearse incidir en la política estatal para revertir la situación económica y social, regenerar la vida política y plantearse un cambio en la dimensión europea.

Siendo estos dos elementos centrales y siendo conscientes, también, de que en el seno de IU tenemos diferencias sobre cómo afrontar estas dos cuestiones, el asunto clave es: ¿cómo queremos (¿debemos?) abordar el debate? ¿Dónde encontraremos las respuestas a estas cuestiones? ¿Asumimos que nuestro mensaje de acuerdo hacia fuera será creíble solo y a condición de hacer posible ese acuerdo hacia dentro?

Las izquierdas necesitamos ejercitar la tolerancia, el pluralismo, la diversidad, la democracia y la integración. Este es el eje sobre el que se articulan las nuevas ideas, estas son las señas de identidad de un proyecto que quiera, de verdad, doblarle el pulso al poder de siempre e invertir la lógica excluyente de la historia. Lo otro, es un recambio de elites, que ejercerán el poder de la misma y vertical forma que las caducas estructuras de la insatisfecha vida política española.

Por ello, y porque los nuevos sujetos políticos de la izquierda española no están respondiendo a la necesidad de empoderar a la ciudadanía, necesitamos, pasando de bloques, partidos, aparatos pero también de excesivos personalismos, establecer mecanismos y herramientas concretas que permitan, de manera fraterna y duradera, consolidar relaciones de confianza en el seno de la organización.

Por eso proponemos una Revolución Democrática que rejuvenezca (no generacional sino operativamente), engrose, permita hacer habitable y nos proyecte con fuerza socialmente, a una Izquierda Unida que, si bien es una obra imperfecta, también nos da la posibilidad de combinar, cambiar y transformarla debidamente en aquello que flaquee: no hay sustituto conocido, ni sujeto político organizado de carácter federal, a la izquierda del PSOE y no subsidiario de PODEMOS.

Ejercer bien la democracia implica el escrupuloso respeto a las normas y garantías, el establecimiento de derechos inalienables de cada una de las militantes, mimar la representatividad de las minorías con ánimo de consenso, y gestionar las diferencias desde el reconocimiento de que la heterogeneidad es un valor en sí mismo y de que la pluralidad es una enorme oportunidad, hoy día, ante lo magro y vertical de otros espacios. Ese es el ejercicio más y mejor democrático, no simplemente el de la aplastante voluntad de mayorías absolutas.

Por eso, aquí y ahora, en la España de 2016, una revolución política en IU es más que nunca una necesidad política y social. Para ello, queremos proponer:

 

▪     Adaptar los estatutos para dotarnos de portavocías compartidas y plurales.

▪     Establecer el sufragio universal para elegir a nuestros co-portavoces en elección diferenciada de la de la dirección, evitando el presidencialismo y sus nocivas consecuencias.

▪     Usar listas abiertas para crear y generar equipos mestizos y desbloquear las listas preconfiguradas desde los aparatos de partidos o corrientes, además de evitar el pernicioso efecto plancha de listas cerradas al abrigo de personalismos muy marcados. Los independientes también tienen derecho a dirigir nuestra organización.

▪     Establecer herramientas de consulta recurrente sobre temas de interés.

▪     Pautar métodos de representatividad positiva más justa en los ámbitos generacional, de género, territorial y en lo que se refiera a la pluralidad.

▪     Establecer el sistema de votación Dowdall, empleado en las primarias de Ahora Madrid, con correcciones de representatividad positiva, para elegir al 2/3 del CPF.

▪     Permitir que 1/3 del Consejo Político Federal sea asignado por los territorios para salvaguardar la presencia de pequeñas federaciones o aquellas con menor afiliación.

▪     Garantizar la independencia del Comité de Garantías asegurando la ecuanimidad, equilibrio y pluralidad y en el que estén presentes juristas del entorno de IU de reconocido prestigio.

▪     Garantizar la independencia de la Secretaría de Comunicación asegurando la ecuanimidad, equilibrio y pluralidad de su labor, así como la profesionalidad de sus gestores.

 

Por lo que a nosotros y nosotras respecta, creemos que no hay que perder ni medio minuto en buscar el enemigo interno que justifique nuestros desatinos e incoherencias democráticas. Suele consolar mucho esa "persecución del más cercano", pero es tan nociva como improductiva. Las respuestas a las preguntas que importan, están siempre fuera. Y también, por lo que nos concierne, no tenemos dudas de que las gentes que están hoy en IU, con nuestras diferencias y manías, somos gentes comprometidas con este proyecto y que desean llevar este barco tan lejos como sea posible.

Así es que tenemos mucho trabajo por delante y poco tiempo que perder. Tenemos la mejor disposición para el debate y el encuentro y pocas ganas para la sospecha y la desconfianza. Por eso los textos que presentamos tienen una clara voluntad de servir al debate y buscar una virtuosa síntesis con otras perspectivas. Defenderemos nuestras opiniones con la misma lealtad con la que defendemos que hay muchas cosas que nos unen y que nos seguirán uniendo.

Proponemos un cambio en el orden de las tesis, porque no podemos marcar la estrategia de avance sin diagnosticar y caracterizar previamente el sistema en el que nos encontramos.

¿Qué diagnóstico realizamos sobre las consecuencias del conflicto capital-trabajo en la clase trabajadora y en las clases populares, de la crisis en términos económicos, sociales, culturales y políticos?

El legado de estas décadas de neoliberalismo sigue vivo y es desolador: un tsunami social que ha acabado con décadas de costosos avances en derechos y de mejora de la calidad de vida. No estamos en un momento pre-revolucionario ni ante la posibilidad de romper el régimen actual, y heredado de cosas: España sufre una involución social, civil, cultural y hasta política, de dimensiones que nos acercan a un contexto postfranquista.

El incremento de la desigualdad no admite dudas ni tiene precedentes. Sus dimensiones son desconocidas y dejarán una impronta brutal en nuestras sociedades, tanto en términos de diferencias de bienestar como en términos de posibilidades de ejercicio de derechos democráticos.

Días antes del comienzo del Foro de Davos (20-23 de enero de 2016) la organización OXFAM presentó un Informe[1] demoledor sobre el crecimiento de la desigualdad en el mundo y sus consecuencias. El Informe, que puede ser tomado como referencia de muchos otros informes en la misma dirección, muestra cómo el sistema capitalista global ha creado un mecanismo estructural y sistémico de transferencias permanente de recursos hacia una elite globalizada.

Son datos que avalan la tesis del capitalismo del siglo XXI como un mecanismo voraz basado en una lógica extractiva tanto en términos sociales, como en términos medioambientales y políticos:

 

  • En 2015, sólo 62 personas poseían la misma riqueza que 3.600 millones (la mitad más pobre de la humanidad). No hace mucho, en 2010, eran 388 personas.
  • La riqueza en manos de las 62 personas más ricas del mundo se ha incrementado en un 44% en apenas cinco años, algo más de medio billón de dólares (542.000 millones) desde 2010, hasta alcanzar 1,76 billones de dólares.
  • Mientras tanto, la riqueza en manos de la mitad más pobre de la población se redujo en más de un billón de dólares en el mismo periodo, un desplome del 41%.
  • Desde el inicio del presente siglo, la mitad más pobre de la población mundial sólo ha recibido el 1% del incremento total de la riqueza mundial, mientras que el 50% de esa “nueva riqueza” ha ido a parar a los bolsillos del 1% más rico.
  • Los ingresos medios anuales del 10% más pobre de la población mundial, en quienes se concentran pobreza, hambre y exclusión, han aumentado menos de tres dólares al año en casi un cuarto de siglo. Sus ingresos diarios han aumentado menos de un centavo al año.

 

El Informe refleja la discriminación de género. Cómo, introducida esta variable, la pobreza ha acentuado su rostro femenino con la gestión de la crisis y ha modificado las pautas de comportamiento familiar habida cuenta de la expulsión mayor de mujeres del mercado laboral y de sus indignos niveles de precarización. Por otra parte, sin llegar a esos extremos, la creciente desigualdad económica también agrava la desigualdad entre hombres y mujeres. El Fondo Monetario Internacional (FMI) ha revelado que los países con una mayor desigualdad de ingresos suelen tener también mayores diferencias entre hombres y mujeres en términos de acceso a sanidad, educación, participación del mercado laboral y representación en instituciones, por ejemplo, en los parlamentos. También se ha demostrado que la brecha salarial entre géneros es mayor en sociedades más desiguales. De las 62 personas más ricas del mundo, 53 son hombres.

Oxfam también muestra que, a pesar de que la mitad más pobre de la población mundial sólo genera alrededor del 10% de las emisiones totales de gases de efecto invernadero, son las personas más pobres quienes viven en zonas más vulnerables al cambio climático y sufren sus peores consecuencias. La huella de carbono media del 1% más privilegiado de la población mundial podría multiplicar hasta por 175 la del 10% más pobre.

Además, una de las principales tendencias que subyacen tras esta enorme concentración de la riqueza y los ingresos es el aumento del rendimiento del capital frente al trabajo, la imposición de la economía financiera y especulativa frente a la economía real. En prácticamente todos los países más avanzados, y en la mayoría de los países en desarrollo, la participación de los trabajadores en la renta nacional se ha ido reduciendo, lo cual significa que se benefician cada vez menos del crecimiento económico. Por el contrario, los dueños del capital han visto cómo éste ha ido creciendo de forma constante (a través del pago de intereses, dividendos o reservas) y a un ritmo significativamente más rápido que el crecimiento de la economía. La evasión y elusión fiscal de quienes son dueños del capital, y los incentivos fiscales que se le aplica han contribuido a incrementar aún más sus beneficios. Como señaló el multimillonario Warren Buffett, en la práctica él paga menos impuestos que ninguna otra persona de su oficina, incluyendo a la persona encargada de la limpieza y a su secretaria personal.

En el ámbito laboral, la brecha salarial entre el trabajador medio y los puestos directivos se ha ampliado rápidamente. Mientras los salarios de la mayoría de los trabajadores se han estancado, los de los altos ejecutivos se han disparado. La mayoría de los trabajadores peor remunerados del mundo son mujeres, desempeñando los empleos más precarios. La experiencia con trabajadoras de todo el mundo, desde Birmania hasta Marruecos, revela que éstas apenas pueden sobrevivir con los salarios de miseria que reciben. Mientras las remuneraciones de los presidentes de las principales empresas estadounidenses han crecido un 54,3% desde 2009, los salarios medios apenas han variado. El presidente de la principal empresa de tecnología de la información de la India gana 416 veces más que un trabajador medio de esa misma empresa, y tan solo hay 24 mujeres entre los presidentes de las compañías que figuran en la lista Fortune 500. En España también tenemos ejemplos: en 2013, el salario medio de las personas mejor pagadas de las empresas del Ibex 35 suponía 75 veces el gasto medio por empleado de esas mismas compañías; en 2014, la desigualdad se disparó hasta las 104 veces[2].

 

En este punto el mecanismo de la evasión fiscal a través de los paraísos fiscales y/u otros procedimientos adquiere su verdadera dimensión y valor sistémico: El entramado mundial de paraísos fiscales y la floreciente industria de la evasión y la elusión fiscal constituyen el mejor ejemplo de cómo el sistema económico se ha contaminado para favorecer los intereses de los poderosos. El fundamentalismo de mercado, que es la cosmovisión predominante en la actualidad, ha legitimado intelectualmente la idea de que para estimular el crecimiento económico es necesario que las empresas y las personas más ricas estén sujetas a unos tipos impositivos bajos que, de algún modo, benefician al conjunto de la población. Este sistema florece gracias a un enjambre de profesionales muy bien remunerados de la banca privada y de inversión, despachos de abogados o auditores.

 

Los impuestos no recaudados por la evasión y elusión fiscal generalizadas compromete los presupuestos públicos, lo cual se traduce a su vez en recortes de servicios públicos esenciales como la sanidad o la educación, e implica también que los Gobiernos dependan en mayor medida de impuestos indirectos como el IVA, que afecta desproporcionadamente más a los sectores más pobres de la población. El problema de la evasión y elusión fiscal se está agravando con rapidez.

 

España, un país cada vez más desigual

En 2014 el 29,2% de la población española (13,4 millones de personas) se encontraba en situación de riesgo de pobreza o exclusión social —2,3 millones de personas más que en 2008, en los inicios de la crisis— superando en más de 6 puntos porcentuales la media de la UE15 (23,1% en 2013). Pero España es también el país de la OCDE en el que más ha crecido la desigualdad desde el inicio de la crisis, tan solo por detrás de Chipre, y casi 10 veces más que el promedio europeo. Incluso 14 veces más que en Grecia. En 2015, el 1% de la población concentra ya casi tanta riqueza como el 80% más pobre. Y la fortuna del 5% supera ya la riqueza en manos del 90% más pobre, es decir hay 2,3 millones de personas en nuestro país que poseen un patrimonio superior al de 42 millones de personas.

A lo largo de estos últimos 15 años, ese casi 30% de población que vive en situación de riesgo y exclusión, ha visto cómo sus activos netos apenas crecían un 3%, mientras que el del 10% más rico se disparaba un 56%. De hecho, la fortuna de sólo 20 personas en España alcanza un total de 115.100 millones de euros, equivalente a la que concentra el 30% más pobre del país. Su patrimonio se incrementó en un 15% en el último año mientras la riqueza del 99% restante cayó un 15% en el mismo periodo. Desde el año 2007, la brecha en el nivel de ingresos se ha disparado en los hogares españoles, rompiendo con los avances que se habían logrado desde mediados de los años 80. La crisis nos deja más empobrecidos y más desiguales. 

Por otra parte, el banco de inversiones Morgan Stanley publicaba recientemente un profundo análisis sobre la desigualdad combinando la posición de los países en función de varios indicadores (coeficiente de Gini, dispersión salarial, inclusión laboral, nivel sanitario y acceso digital) en el que reconoce que a mayor desigualdad menor movilidad social, predeterminando la posibilidad de mejora social de cada individuo a lo largo de su vida. El análisis, que cubre 20 países, coloca a España entre los 5 peores.

El precio de la desigualdad fiscal

Mientras los hogares más pobres han ido perdiendo poder adquisitivo a través de los salarios y un modelo fiscal cada vez más regresivo, la concentración de riqueza y patrimonio en muy pocas manos no ha encontrado frenos para seguir creciendo. Nada en la estructura del sistema fiscal español desincentiva esta acumulación de riqueza. Y en lugar de adoptar una estructura fiscal que capte más de quienes más tienen, se ha llegado en la práctica a una desfiscalización casi total de la riqueza y el capital, frente a una carga mucho mayor sobre el trabajo y el consumo.

La evolución en el diseño tributario en España a lo largo de estos últimos años, refleja justamente cómo el peso de la crisis ha ido recayendo cada vez menos en las grandes empresas y las grandes fortunas. Este último año 2015, por ejemplo, ha sido un año excepcional para las SICAV, alcanzando ya un mercado de 38.000 millones de euros. Un nuevo récord histórico, con 126 nuevas SICAV, que en la mayoría de los casos opera como un instrumento legal para eludir el pago de impuestos por parte de las grandes fortunas que las utilizan. Según expertos, la razón de este buen viento de las SICAV es el resultado de una mejora en la liquidez patrimonial de las grandes fortunas y de los capitales que afloraron con la amnistía fiscal. Sin embargo, la reforma fiscal que entró en vigor el 1 de enero de 2015 no incorporó ningún cambio regulatorio para esta figura de inversión que no es sino una herramienta para garantizar privilegios a unos pocos ya muy privilegiados.

El resultado es que España sigue teniendo una de las presiones fiscales efectivas más bajas de toda Europa, 8,2 puntos por debajo del promedio de la Eurozona, con un diseño injusto en el que el 85% del esfuerzo recae sobre las familias frente a una contribución casi nula de la fiscalidad sobre el patrimonio, la riqueza o el capital. La recaudación por los rendimientos del capital en 2014 cayó un 12,6% a pesar de que las ganancias patrimoniales crecieron un 40%. 9 de cada 10 euros recaudados provienen del bolsillo de los trabajadores, mientras que menos de 1 euro lo hace de los rendimientos del capital. La brecha fiscal se explica en gran medida porque recaudamos mucho menos de lo que deberíamos, recaudamos poco de quien tiene más, recaudamos sin redistribuir apenas y tenemos uno de los niveles de evasión y elusión fiscal más elevados de nuestro entorno europeo.

 ¿Cómo caracterizamos la crisis de régimen en la actual coyuntura social y política?

El resultado de las elecciones ofrecía algunas ideas que por nuestra parte ya enunciamos y que se han visto ampliamente confirmadas por los hechos:

 

  • La primera hacía referencia a la decidida voluntad de cambio que expresaban los resultados electorales: se mida en términos izquierda-derecha (en número de votos); se mida en austeridad-contra la austeridad; se mida como viejos-nuevos partidos etc... La ocultación sistemática que el sistema electoral hace de los resultados no puede ocultar las evidencias de esa voluntad de cambio.

 

  • Las ilusiones respecto al fin del bipartidismo se han mostrado como eso: ilusiones mal compensadas con resultados que las sustentasen. Mucho menos las calenturientas fantasías políticas asociadas a la idea de que estábamos viviendo una revolución democrática o el fin de la transición. Qué duda cabe que el bipartidismo sufre un severo correctivo, pero no se hunde sin remisión, ni está claro que puedan deducirse de estos resultados, que es su final anunciado. Más bien podría interpretarse que estamos ante un suelo que ofrece oportunidades para ser subvertido en esta legislatura.

 

  • Los partidos emergentes se erigen como "condicionantes" de la agenda, pero no como protagonistas de la misma. En este punto el "modelo" español se asemeja enormemente al de otros contextos europeos, al menos por ahora.

 

  • Mientras los temas de regeneración política -sin más- sean el epicentro del debate político, el impacto real de estas elecciones y del inédito escenario dibujado, puede ser muy débil. Hay una presión muy grande desde el conjunto del "sistema" para asegurar la "estabilidad" y "gobernabilidad" del propio sistema político. Y eso significa vaciar de sus significados más conflictivos el debate político actual: desigualdad social; injusticia económica; reforma laboral... y dejar en el centro los temas de corrupción, regeneración política en general y transparencia. El "Acuerdo de gobierno" entre PSOE y Ciudadanos es un ejemplo de esa capacidad de estos temas transversales para adquirir notoriedad a costa de darle continuidad a una política económica y laboral tan nefasta como inútil, aparcando los problemas prioritarios de la gente, que son, en definitiva, el nexo capaz de aglutinar la necesaria confluencia de las izquierdas para alcanzar una representación institucional que subvierta las infames políticas anticiudadanas de los que se pliegan a las exigencias de los poderes económicos.

 

  • Parece muy verosímil la idea de que estaríamos viviendo el final del período de castigo al modelo de partidos clásico; y una re-acomodación de los partidos tradicionales al nuevo escenario. A fin de cuentas los resultados se llevaron por delante a UPyD (que era un partido "emergente" hace un año) y a punto estuvieron de engullir a IU. Pero parece evidente la re-configuración del sistema de partidos a corto plazo dentro de las coordenadas izquierda-derecha.

 

  • En esta perspectiva, Podemos consiguió un digno resultado, pero lejos de ser un resultado espectacular, ni siquiera un resultado en condiciones de poder impulsar el cambio de régimen político que sus dirigentes proclamaban. Habría que recordarles que con el 20% de los votos no se tiene una acumulación de fuerzas favorable para cambios constituyentes, ni siquiera constitucionales.

 

  • Se confirma y profundiza en la desmovilización social. El hartazgo de los votantes amenaza con un incremento de la abstención si los partidos políticos siguen haciendo oídos sordos a los mensajes lanzados en las últimas elecciones. Algo claro: la abstención nunca es de la derecha. Entre tanto, las concentraciones y convocatorias aglutinan a muchas menos personas que clicks en smartphones y ordenadores. Las redes sociales se han convertido, ya de forma definitiva, en un escenario de lucha inmóvil y de falsa conciencia social, que contribuye a reducir, e incluso eliminar, el carácter de acción social de la movilización y que fomenta el ensimismamiento individualista del pseudo-activista. Ese encasillamiento y aislamiento que produce la movilización de sillón, dificulta la posibilidad de tejer alianzas en los procesos previos y posteriores a la misma. Como ya se vio en la campaña electoral, el número de Trending Topic no es proporcional al número de diputados; ni el número de firmas en change.org, equivalen a conversaciones pedagógicas y de tú a tú con respecto  a la ciudadanía.

 

  • Los ‘mass media’ del mismo modo, con parrillas colmadas de información y debate políticos, nos han dado una oportunidad extraordinaria para, en los últimos cuatro años, lanzar nuestros mensajes y proyectar a nuestros referentes. Han sido muy numerosos, aunque de posiciones y pertenencia políticas dentro de IU siempre similares y muy cerradas (muchos de ellos/as ya no entre nosotros), las y los contertulios que han representando a Izquierda Unida y han poblado las miles de horas de televisión dedicadas en esta nueva coyuntura a la información política. Nunca antes tantas horas y tantas compañeras como ahora han sido altavoces de nuestra organización pero sí como alguna otra vez en nuestra historia, se ha cosechado uno de los resultados electorales más bajos. Esta suerte de “telecracia” también ha ayudado a que los sistemas absolutamente colectivos y plurales de elaboración, movilización e institución cooperativas de los espacios de izquierdas, sean sustituidos por líderes absolutos que, desde fuera influyen en el empoderamiento de sus tesis dentro de la organización, y desde los platós o redes sociales, marcan la política unitaria de organizaciones enteras, a pesar de órganos, estamentos democráticos, direcciones plurales y el resto de mandatos y trabajo colectivos. La telecracia externa sustituye a la democracia interna; los líderes de opinión, a la opinión de toda la organización.

 

  • Una vez más, y van dos, los mejores resultados se producen -con diferencia- en los lugares donde hubo candidaturas de consenso, encuentro o convergencia con todas las limitaciones que se quiera. La idea de un acuerdo de la izquierda social y política transformadora ha funcionado como un catalizador de la ilusión en varios lugares emblemáticos.

 

Después de las elecciones, sin embargo, las izquierdas se dividieron de acuerdo a ejes de conflicto que, sorprendentemente, aparecen al margen de la evidencia de los datos y de las expectativas creadas por las elecciones. Si en las elecciones generales de 2011, las fuerzas de la derecha con representación parlamentaria, consiguieron 13.407.888 votos, en esta ocasión han acumulado 11.583.062 sufragios; las izquierdas sumaron entonces 9.595.551 votos frente a los 12.460.887 sufragios de ahora. Un incremento de 3 millones de votos para las izquierdas. Y si miramos más allá de nuestras murallas, la impugnación de las políticas de austeridad no admite dudas ni matices. Cualquier compromiso con la gestión irresponsable, antisocial y corrupta del Partido Popular sería un disparate de dimensiones descomunales.

Pues bien, frente a la evidencia de la apertura de una nueva situación, de la creación de una expectativa real -social- de cambio, los partidos de izquierda se aprestan a sus propios ajustes de cuentas internos convirtiendo, una vez más, las buenas noticias en una justificación para algún oportuno aquelarre. Va en nuestro ADN esta vocación cainita y despiadada. Que la política no es agradecida puede tolerarse, que sea así de cruel e indiferente forma parte de elecciones morales cuyo único amparo es la racionalidad del poder, la lógica del ganador-perdedor, en fin, la vieja, viejísima política. Si al final del cuento, el fresco impulso del 15M, el empoderamiento político de una generación, la extensión de lógicas participativas y horizontales ha servido, tan solo, para producir un relevo generacional y agitar un poco -no mucho- el tablero, menudo fiasco.

Aún es peor si en nombre del acercamiento a “lo nuevo” se tiran por la borda no sólo las mochilas de nuestro peregrinaje por la historia, sino a una parte de las sensibilidades y gentes con las que construir un nuevo entramado emancipatorio. Si la reivindicación de lo novísimo se instituye sobre el cadáver de lo próximo, seremos el Vlad Dracul de la política: afirmar el nuevo poder previo empalamiento de miles de representantes del status anterior.

Sobre la base de esas malas prácticas políticas no se constituye nada nuevo, solo una aburrida continuidad con lo peor de lo viejo. Persistir en los viejos axiomas, en las ancestrales prácticas del poder de siempre, el de toda la vida, es castrar la emancipación, es tirar por la puerta la democracia, la participación, la horizontalidad, el empoderamiento y todas esas ansias que, pensábamos, habían sido aireadas y reivindicadas por el espíritu del 15M, y que aún están inconclusas, huérfanas y sin representantes en la tierra (aunque el cielo telecrático esté plagado de dioses plenipotenciarios llamados a revertir esas enormes desigualdades y concretar las enormes ansias de empoderamiento social).

Dar por bueno que la única política posible, después de todo, es la que representa Frank Underwood en ‘House of cards’ es, que no quepa ninguna duda, un servicio a las oligarquías y al sentido común hegemónico, un doblar el espinazo ante la cultura preponderante de las clases dominantes. Da igual lo que se diga después o lo que se escriba en programas políticos o eslóganes electorales: se habrá renunciado a la emancipación.

Las izquierdas necesitamos ejercitar la tolerancia, el pluralismo, la diversidad, la democracia con sus consustanciales riesgos y la integración. Este es el eje sobre el que se articulan las nuevas ideas, estas son las señas de identidad de un proyecto que quiera, de verdad, doblarle el pulso al poder de siempre e invertir la lógica excluyente de la historia. Lo otro, es un recambio de elites. No es que esto sea poco, pero ¿es lo único que pretendemos?

Es evidente que hay una demanda de encuentro y confluencia en las izquierdas que se ha expresado en estas elecciones con meridiana claridad. La gente pide diálogo y entendimientos. El que no quiera verlo niega una evidencia palmaria, del tipo la redondez de la tierra. Pero no está escrito cómo transitar ese camino para culminar con éxito. No obstante, podemos balizar el itinerario para orientarnos sin perdernos: ¿el proceso es inclusivo o excluyente?, ¿es un proyecto entre iguales o es un trágala del que más puede?, ¿es un ajuste de cuentas o un empeño por sumar lo diferente?, ¿está basado en el máximo de participación posible y en el empoderamiento de los actores participantes o es un proceso que descansa en las negociaciones secretas entre personajes influyentes?

¿Qué estrategia y discurso tiene que conformarse para avanzar hacia una salida social, anticapitalista, antiimperialista, justa y democrática de la crisis en clave de ruptura?

El mundo del neoliberalismo es invivible. Estos últimos años y la contundencia de los datos nos dicen que si estas políticas se mantienen, el futuro será aún peor. El 15M y otras revueltas populares en multitud de países han puesto de manifiesto la capacidad de resistencia de las sociedades frente a la voracidad depredadora del capitalismo ultraliberal.

La irrupción de estos movimientos va mucho más allá de la denuncia de la desigualdad: ha sido una reivindicación de la dignidad, de los derechos democráticos y sociales como derechos universales y una impugnación de las políticas al servicio de las minorías más poderosas.

El cuestionamiento de las políticas ha transformado el mapa político de una manera inesperada: ha hecho emerger un conjunto de demandas que, en general, estaban al margen de la dinámica normal de las fuerzas políticas. Las cosas cambiaron de una manera irreversible en ámbitos muy importantes, entre otros la democracia y su valor y la voluntad de participación.

Por otra parte, la impugnación de las políticas de austeridad y sus consecuencias no se hizo en nombre de ningún grupo en particular: la idea de que había un 99% de perjudicados frente a un 1% de privilegiados por las lógicas extractivas del imperialismo capitalista salvaje y del imperialismo post-soviético de algunos regímenes han construido un nuevo imaginario político.

Lo cierto es que por primera vez en muchos años fue posible hacer políticamente ‘pensable' la construcción de un frente social y político amplio que se opusiese desde el éxito a la minoría dominante y a sus acólitos políticos o mediáticos. Todos ellos fueron señalados como responsables de la crisis y de una gestión de la misma realizada al dictado de los intereses de los más poderosos. El capitalismo depredador en su versión más extrema. Por primera vez el bipartidismo parece entrar en barrena y se vislumbra una oportunidad de giro de las políticas económicas hacia un sistema más social que pusiera en el centro a la gente.

Sin embargo, la movilización también se produce al otro lado del tablero. Los poderes fácticos se agitan y refuerzan posiciones. Lo que pareciera el germen de un momento revolucionario se diluye definitivamente en un proceso de involución clara. No hay fuerza política ni social suficiente para iniciar un cambio constitucional con garantías sociales, más bien todo lo contrario, la deconstrucción del estado ya la están realizando las clases dominantes en su propio beneficio en un contexto de desmovilización social cada vez más preocupante.

La perspectiva de la construcción de un bloque social y el modo en el que se manifestó la resistencia exigía y exige pensar en articular tres momentos diferentes: en primer lugar, un contenido inequívocamente de izquierdas en la articulación de un programa de resistencia y cambio; en segundo lugar, una visibilización de izquierdas en la articulación de la propuesta; en tercer lugar, una enorme capacidad de innovación y de flexibilidad, de voluntad de sincero consenso para articular espacios, culturas, tradiciones y organizaciones que se encuentran por primera vez, en muchos casos, navegando juntas el mismo río con unos objetivos similares.

Necesitamos una estrategia de la dignidad social y otra de recuperación de derechos (civiles y democráticos, medio ambientales y humanos, e incluso culturales y simbólicos). Pero… ¿Qué izquierda queremos seguir siendo?

Es obvio que el panorama político ha cambiado de manera espectacular en el conjunto del país y en la izquierda en particular. Es indiscutible que Izquierda Unida ha perdido el monopolio de la representación política estatal que ostentaba hasta el año 2014. Hoy ese espacio aparece más fragmentado que nunca y la irrupción de Podemos ha modificado las reglas del juego en el espacio de la izquierda transformadora.

La pregunta es si creemos que eso cambia radicalmente nuestros objetivos o, incluso, por qué no preguntárselo, si eso nos hace prescindibles en el panorama de la izquierda alternativa. Desde hace casi dos años vivimos una situación de desmovilización social creciente. La irrupción de Podemos y la expectativa de una derrota política del Partido Popular, junto al natural cansancio por años de resistencia social sin precedentes, han subordinado la movilización social a la capacidad de los actores políticos para llevar adelante las reivindicaciones planteadas.

En lo que hace al encuentro de las diferentes iniciativas de izquierda, hay que decir que éstas se han producido con éxito en algunos lugares alrededor de propuestas mixtas con un fuerte protagonismo de liderazgos sociales. Pero al mismo tiempo se ha alejado cualquier expectativa de un encuentro más amplio y plural de la izquierda alternativa; de momento los procesos de confluencia y renovación parece que no dan más de sí o se transforman en procesos de integración subordinada de algunos componentes en Podemos.

Pero hay que decirlo claro: la integración en Podemos no resuelve el desafío de la confluencia política de las izquierdas alternativas. Y esa expectativa resulta aún más necesaria habida cuenta del fiasco del PSOE y de la evidencia que este partido, en su actual configuración, es un obstáculo para hacer avanzar políticas de izquierda en España.

La Izquierda Unida actualizada que necesitamos no debe tener dudas respecto a la utilidad de impulsar un proyecto de acuerdo, en diferentes niveles, de las izquierdas alternativas existentes, y que ese acuerdo debe hacerse desde la igualdad y el reconocimiento mutuo.

Es incomprensible que IU renuncie a su patrimonio de lucha y experiencia política en unos momentos en los que tanto se necesita esa experiencia. Incluso como aprendizaje de los errores y las prácticas negativas que también forman parte del bagaje de IU. Por ejemplo: silenciar la voz a los militantes; fiarlo todo a un liderazgo personal y supuestamente carismático o autoposicionarse como organización única a la que las demás deben rendir pleitesía. Esos errores deberían servir de advertencia para no cometer los mismos en una experiencia auténtica de encuentro.

Digamos dos cosas con claridad: Podemos no es nuestro enemigo, ni mucho menos. Se trata de una organización que ha ocupado por méritos propios un lugar en nuestro escenario político y parece evidente que ha venido para quedarse. Y eludir esta organización en una reflexión sobre el encuentro de las izquierdas alternativas sería absurdo.

La segunda cosa, es que Podemos no puede ni debe ser el destino de ese encuentro necesario de las izquierdas. La práctica ha demostrado ya varias cosas: que se trata de la fuerza política que ha vivido un proceso de envejecimiento más rápido de nuestra reciente historia; que su capacidad de integración tiene límites muy claros y que, si bien, debe ser -si quiere- una parte inexcusable de ese proyecto, no puede pensarse a sí misma como la organización guía ni faro del mismo. Digamos, además, que la alergia que ha demostrado desde sus orígenes a la existencia de lo diverso y lo plural dentro de su misma organización es un obstáculo objetivo en cualquier proceso de Encuentro.

 

IU está en peor situación en este momento, sin que eso haga disminuir su papel o la importancia del mismo: justo al contrario, es una oportunidad de mejora.

Con este panorama, aún es posible y deseable ser una organización con perfil y estrategias propias, mejorable en lo interno y en nuestras formas con otras y otros, pero útil en los principios. Tenemos que establecer estrategias y discurso que deben ir encaminadas, por un lado, a la resistencia y por otro, a la recuperación y ampliación del espacio social de la izquierda:

 

▪     Necesitamos alianzas para evitar la involución democrática y garantizar derechos sociales, pero también civiles, que son muy importantes, que hemos ido perdiendo. No se trata tanto de una confluencia revolucionaria como de una resistencia alternativa con vocación de ampliación. En ese sentido es fundamental el reconocimiento del pluralismo en dos ámbitos: en el de la movilización social y en el de clase, entendidos ambos como la necesidad de convivencia social y del encuentro en objetivos comunes.

 

▪     Hay que entender que el futuro está hecho de diálogo, renuncia y acuerdos. Que otras organizaciones y los movimientos sociales forman parte de nosotros, de nuestra fuerza, aunque no coincidamos en la totalidad. Hay que replantearse las alianzas con ellos y recuperar la izquierda que queremos seguir siendo que no rompe en el todo o nada sino que es capaz de optimizar lo común.

 

▪     En lo político, tenemos claras diferencias con Podemos a la hora de abordar nuestras responsabilidades en las que debemos seguir abundando. Nuestra cultura a la hora de adoptar acuerdos y de funcionar en las instituciones, forma parte de nuestra resistencia y nuestra forma de trabajar habitual, y favorece la necesidad actual de diálogo y acuerdo. A diferencia de Podemos, nosotros sí sabemos que desde la oposición y con la movilización, también se puede gobernar.

 

▪     Tenemos luchas históricas que patrimonializar: en la recuperación de derechos sociales y civiles —que están menospreciados en la actualidad y son igualmente importantes— tenemos un bagaje propio, una historia propia que no debemos olvidar porque su consecución supuso la vida, la lucha y el esfuerzo de muchos de nuestros compañeros y compañeras.

 ¿Cómo desarrollar en este ciclo político las confluencias?

Ya decíamos que se han vivido momentos complicados y turbulentos en IU. Tiempos de confusión en los que hemos sentido que el proyecto mismo, en el marco de las confluencias, estaba en cuestión sin que, formalmente, se hubiera abierto ningún período de reflexión y debate. La militancia pedía claridad y no obtenía sino vaguedades. Pedía mecanismos de trabajo para alcanzar unas “confluencias modernizadas” en las que parecía no valer el bagaje conocido en la relación habitual con los movimientos sociales tradicionales. Pedía concreción, rumbo, dignidad y orgullo por el enorme bagaje colectivo. Recibía toneladas de ‘Ahora en Común’, primero, ‘Unidad Popular’, después, y noticias y titulares contradictorios sobre nuestra relación y aspiración a confluir con PODEMOS.

Durante las elecciones autonómicas y municipales, en cada sitio, cada asamblea, se vio obligada a desarrollar, lo mejor que pudo, el modelo que interpretó más idóneo, sin ninguna estrategia común ni criterio unitario a nivel federal y con una absoluta arbitrariedad en la gestión de los mandatos de los órganos federales: lo mismo que servía para volcarse políticamente en Madrid era motivo de expulsión de los que repetían ese mismo modelo en Jaén. El resultado fue desigual pero no malo en general, sin embargo, parece que no nos sirvió para tender mecanismos ni estrategias.

 

Tras meses de incertidumbres previas, llevadas al extremo, en pleno proceso de elecciones generales, los resultados obtenidos no son los esperados, y sin embargo, los más de 900.000 votos recibidos sigue siendo una garantía de la viabilidad del proyecto. Sobre todo cuando parece obvio que el encantamiento producido por Podemos se diluye como aquellas lágrimas “replicantes” bajo la lluvia de ‘Blade Runner’.

Llegados a este punto parece evidente que una inmensa mayoría de militancia comparte ideas esenciales para este momento político en nuestro país. Por un lado, la necesidad de IU, el orgullo por un pasado (y su mochila) en el que fue muy difícil defender las ideas de izquierdas como única fuerza a nivel del estado, a contracorriente, enfrentándonos a la voracidad neoliberal y a una gran coalición que apenas dejaba respirar. Por otra parte, conscientes de que la gente entumecida y cansada se ha desmovilizado a la espera de un líder salvador que de momento no tiene visos de aparecer comparte también que este es tiempo de confluencias, de encuentros y de acuerdos, de liderazgos compartidos, que es tiempo de aprovechar la oportunidad para darle la vuelta a la política en nuestro país e inaugurar un nuevo tiempo.

Somos conscientes, desde hace tiempo, que IU no es la única fuerza política significativa en el espacio de la transformación social. Para decirlo con total claridad: sin confluencias, sin acuerdos no habrá construcción de un bloque social y político alternativo, no habrá posibilidades de plantearse incidir en la política estatal para revertir la situación económica y social, regenerar la vida política y plantearse un cambio en la dimensión europea.

Siendo estos dos elementos centrales y siendo conscientes, también, de que en el seno de IU tenemos diferencias sobre cómo encarar estas dos cuestiones de identidad y confluencia, el asunto clave es: ¿cómo queremos (¿debemos?) abordar el debate? ¿Dónde encontraremos las respuestas a estas cuestiones? ¿Queremos asumir que nuestro mensaje de acuerdo hacia fuera será creíble solo y a condición de hacer posible ese acuerdo hacia dentro?

Insistimos en que es insensato perder, ni medio minuto, en buscar cualquier enemigo interno que justifique dislates democráticos. Suele consolar esa "persecución del más cercano", pero es tan nociva como improductiva. Las respuestas a las preguntas que importan están fuera.

Tenemos la mejor disposición para el debate y el encuentro, y numerosos movimientos sociales, mareas, plataformas y espacios, con los que compartimos trabajo, labor, militancia, siguen ahí, esperándonos, mirándonos. Marginando la sospecha y la desconfianza, sumando objetivos comunes y propuestas, respetando las formas de representación de cada uno, siempre que sean democráticas, la confluencia se puede convertir en un camino en lugar de una meta.

Nuestra propuesta constata que la situación política ha cambiado en el país y en el ámbito de la izquierda y que ese dato debe tenerse en consideración.

Creemos que la necesidad de reconstruir la representación de la izquierda alternativa debe figurar como una prioridad inexcusable para las organizaciones de izquierda y que ese proceso debe realizarse desde la igualdad y el reconocimiento.

Por otra parte, el legado del 15M ha dejado un capital que no puede ser dilapidado ahora en función de un realismo político de viejo cuño. Los procesos políticos que la izquierda alternativa debe acometer tienen que ser abiertos a la participación de la ciudadanía; deben ser constituyentes en el sentido de estar dispuestos a que la confluencia imprescindible tenga en cuenta la decisión de las gentes. Sin empoderamiento de la ciudadanía ningún proceso puede ya llamarse de izquierdas.

Creemos que IU puede y debe desempeñar un papel importante en ese proceso pero que éste no puede ser ni subordinado ni basado en la renuncia de su historia o programa. Cómo:

1)   Fortalecernos para llegar mejor proyectados y torcer el gesto de los que no quieran unidad         

2)   Revolucionarnos democráticamente para forzar que el encuentro sea a imagen y semejanza de nuestra riqueza: pleno y horizontal, plural y habitable, democrático y garantista                                         

3)   Abrirnos, engrosarnos, para ser nosotras mismas una opción unitaria, y porque esa opción unitaria, en sí misma no depende de nosotras.

Y defenderemos la bandera del pluralismo y de la diversidad en el encuentro de las izquierdas alternativas. La realidad de las voces que han resistido el tsunami neoliberal es diversa y plural y es mala estrategia tratar de confundir la legítima aspiración a la defensa de tus ideas con la vocación de que sean dominantes y únicas. Ese tiempo político está muerto. Por eso la cultura del pacto en la izquierda alternativa es tan importante y tanto como eso aprender a convivir desde la diversidad.

La transformación debe soñarse desde la respuesta a la pregunta: ¿cómo cambiar la realidad existente? Es decir, ¿cómo podemos hacer para acumular fuerzas suficientes y cambiar la realidad a favor de las mayorías?, ¿qué política llevar a cabo y de qué manera para producir un giro que haga realidad un mundo mejor para la mayoría? Contestar estas preguntas es mucho más exigente que los píos deseos de quien se desentiende de la realidad para imaginar un mundo tan irreal como imposible.

Por eso contestar a las necesidades reales a través de políticas de cambio de izquierda requiere del compromiso, de la diversidad y de la pluralidad. Y requiere de la participación de muchos actores diferentes: del tejido asociativo civil, de los sindicatos de clase sin los cuales el mundo del trabajo se quedaría sin representación real, del mundo de la cultura crítica y alternativa que llevan decenios poniendo límites a la voluntad hegemónica del pensamiento único. Otra vez lo diverso y lo plural.

 ¿Cómo nos organizamos, cómo se deben tomar las decisiones y qué papel tiene la militancia en la vida de la organización?

“El pluralismo ideológico hunde sus raíces, en primer lugar, en las distintas tradiciones ideológicas y culturales de quienes forman parte de IU desde sus orígenes (socialista, comunista, republicana, libertaria, ecologista, feminista, pacifista, antimilitarista, laica, cristianos de base…) y busca la ampliación a quienes parten de inquietudes sociales que van emergiendo con los cambios sociales que se producen constantemente”.

 

Estatutos de IU. X Asamblea Federal

 

Para pensar cómo nos organizamos es necesario considerar, por un lado, la actualidad política que ha derivado en una creciente división de la izquierda política y social; en una desmovilización a la espera de un salvador mesiánico que contrasta con la demandada participación directa en las organizaciones y en las instituciones; y en la latencia de un supuesto cambio que no acaba de encontrar la masa crítica definitiva que le dé una dirección.

Por otra parte, la cultura plural de Izquierda Unida y la vocación con la que nació no debiera sernos ajena. La vigencia de muchos de sus postulados en cuanto al principio de pluralismo puede conducirnos a establecer las adaptaciones y mejoras oportunas para conseguir una organización más plural, más democrática y más participativa. Así mismo, el pacto federal y la posibilidad de favorecer la representación de todos los territorios en el interno de la organización y en las instituciones de las que podamos formar parte, debe ser debatido y canalizado adecuadamente.

Teniendo en cuenta estos dos aspectos, es necesario resituar a IU en la nueva coyuntura generada tras el ciclo electoral que comenzó con las Elecciones Europeas de 2014.

IU tiene experiencia, militancia, base social, y resultados electorales suficientes, para continuar siendo una fuerza política necesaria para la generación de un movimiento político y social que contribuya a la construcción de un espacio amplio que rompa con la cultura de la resignación a la que están conduciendo las consecuencias de la crisis sistémica que padecemos, y la frustración de unas expectativas de cambio que no terminan de cristalizar.

IU no renuncia a su condición de movimiento político y social que hace compatible la transformación social con la movilización y el trabajo institucional. Una labor imprescindible de la que se ha nutrido durante toda su historia y de la que su base militante es la mejor garantía de compromiso.

Esta constatación de una IU que debe formar parte, junto a otras organizaciones, de un espacio más amplio que supere las formas organizativas y de participación conocidas hasta ahora, pasa por la imprescindible armonización de su funcionamiento interno sin renunciar a los principios democráticos que la caracterizan y que forman parte de su ADN.

Queremos una IU que sea movimiento político y social que profundice como organización en la elaboración colectiva de abajo a arriba, que tome decisiones desde el respeto a la pluralidad y la democracia interna, que favorezca la horizontalidad y respete la independencia y capacidad de intervención de sus componentes desde el acuerdo, con el Programa como elemento vertebrador y unificador del proyecto. En definitiva una IU que sea reflejo interno de lo que se demanda fuera, y lo que considera que debe ser la izquierda en España junto a otras organizaciones, para construir un espacio plural y colaborativo superador de los vicios que han impedido conseguirlo hasta ahora.

Se trata de conseguir una Revolución Democrática en IU que cambie esencialmente lo que ha sido hasta ahora en lo organizativo, consolide la participación interna de la militancia y sea reflejo de lo que se pretende en una sociedad plural, diversa y democrática.

Para ello, la forma de organización quedará recogida en los Estatutos de IU, que deberán tener en cuenta las siguientes propuestas y consideraciones de avance:

1.- Las nuevas formas en política requieren una feminización de las organizaciones. Referida no al incremento de mujeres —que también— sino a las formas de organizarnos para que la mujer pueda ver la utilidad de participar en IU. En este sentido los órganos deben ser más horizontales, con liderazgos compartidos, más dinámicos y ejecutivos, favorecedores del diálogo, con funcionamiento colaborativo y menos competitivos.

2.- Demanda de participación directa de la militancia. La militancia quiere ser tenida en cuenta en el día a día de la organización, lo cual pasa por incrementar su papel más allá del pago de las cuotas y su actividad en la asamblea local y en las áreas, a través de nuevos mecanismos basados en nuevas tecnologías pero compatibles con el debate presencial.

3.- Transparencia y control de los representantes. Es fundamental generar sistemas de control sobre los miembros de la dirección a través de la revocatoria del mandato, con procedimientos perfectamente regulados y garantistas dirigidos por una Comisión de Garantías con autonomía e independencia.

4.- Nuevas tecnologías. Deben permitirnos modernizarnos como organización e incrementar la información unidireccional y bidireccional, la participación, el control y la rendición de cuentas, mejorando la coordinación entre los Órganos de Dirección y la comunicación con la Militancia.

5.- La Federalidad. El fortalecimiento y desarrollo del conjunto de las federaciones de IU es imprescindible para la consolidación y fortalecimiento de IU. La defensa de las organizaciones territoriales en cada ámbito es una tarea imprescindible para que el proyecto y las políticas de IU sean una realidad en el conjunto del Estado.

En este sentido, es imprescindible hacer especial hincapié en el apoyo a las federaciones “blancas” para que en un futuro próximo consigan tener representación institucional en un Estado descentralizado y que necesita avanzar desde el Estado de las Autonomías hacia el Estado Federal.

6.- Asambleas de Base. El apoyo a las asambleas de base es un elemento imprescindible para el desarrollo de IU y de nuestras políticas. La Asamblea Local supone el soporte fundamental de nuestro proyecto político así como su representación, y garantizan la solidez y el futuro de IU. Las Asambleas de Base sustentan nuestra política y representan a IU en cada pueblo y ciudad de nuestro país. Son el espacio natural e idóneo en el que la militancia desarrolla su actividad, y desde el que saber en cada momento cómo y con quiénes son posibles las alianzas que lleven a la creación de espacios más amplios con el conjunto de la izquierda.

7.- Pluralidad. A diferencia de otras fuerzas políticas cupulares y unipersonales, la pluralidad es y ha sido siempre una seña de identidad de IU, claramente diferenciadora de otros proyectos políticos, y refleja la realidad de la izquierda en el conjunto de las calles de nuestro país. La pluralidad enriquece el proyecto de IU desde la diversidad y es un elemento diferenciador de otras realidades, que considerándose de izquierdas, pretenden monopolizar un espacio que por naturaleza es diverso en el conjunto de la izquierda española.

8.- Liderazgos compartidos en un Órgano de Coordinación. IU contará con 2 portavoces (coordinadores), elegidos por sufragio universal, que serán representantes de todos y todas los/as militantes, y serán controlados por las decisiones de los órganos o por las decisiones refrendadas por la militancia.

Serán instrumento, herramientas del trabajo colectivo, que “portan nuestra voz” en los espacios de debate, proyección e institución políticas.

Deben desempeñar su labor con equipos colectivos que integren a todos/as y trabajen de forma colaborativa y cooperativa.

Para huir de sistemas excesivamente personalistas y verticales se plantean 3 medidas con respecto a la coordinación:

 

▪     Elegir a dos candidatos/as como Coordinadores-Portavoces (hombre/mujer – mayoría/minoría – institución/organización) para evitar un sistema excesivamente personalista y monocolor.

 

▪     La elección de los co-coordinadores será de forma separada a la de la dirección colegiada (CPF), ya que son meros instrumentos y deben trabajar con equipos plurales y colectivos.

 

▪     Su elección será por sufragio universal de toda la afiliación, y no en segunda instancia y delegada por parte del CPF.

 

9.- Un Grupo de Organización que sea colectivo y paritario e incluya el Órgano de Coordinación (2 portavoces) y 3 personas más que representen la pluralidad y los territorios y se encargue principalmente de organizar los eventos necesarios y la ordenación de la participación de la militancia a través de la UAR.

10.- Una Comisión Ejecutiva. Que será dinámica, cooperativa y ágil, conformada por los portavoces de cada Secretaría que se cree y por el Órgano de Coordinación de Áreas que se apruebe. También formarán parte de la misma la Secretaría de Organización y la encabezarían el/la portavoces. También deberán tener representación en la Comisión Ejecutiva los portavoces de los Grupos de Trabajo que se creen de ámbito federal.

11.- Consejo Político Federal. Estará formado por 150 miembros cuya composición tendrá en cuenta criterios de género, juventud y territorialidad (incluida la federación de exteriores), siendo éstos: 50% mujeres, 50% hombres, y 20% del total menores de 40 años. De esas 150 personas, 2/3 serán elegidas por sufragio universal, y el 1/3 restante será elegido por los territorios. En ambos casos a través de listas abiertas y sistema Dowdall.

Para consolidar esta Revolución Democrática en IU, la militancia demanda ser tenida en cuenta en el día a día de la organización, lo cual pasa por incrementar su papel más allá del pago de las cuotas y su actividad en la asamblea local y en las áreas, a través de nuevos mecanismos:

▪     Sistemas de sufragio universal con listas abiertas y aplicando el método DowDall a la hora de elegir los principales Órganos de Dirección en la XI Asamblea Federal: CPF y portavoces.

▪     Consultas vinculantes a las bases: cuestiones como la elección de la cabeza de lista para las elecciones generales y europeas; la aprobación de acuerdos de gobierno o investidura; las confluencias y alianzas que se trabajen; etc.

▪     Herramientas informáticas y presenciales para la propuesta y el debate: plataformas informáticas que permitan la canalización de propuestas de militantes y asambleas locales hacia los distintos Órganos de Dirección que los puedan desarrollar. 

▪     Canalización de proyectos sectoriales a través de grupos de actividad, secretarías o áreas: la militancia y los simpatizantes podrán organizarse con Organizaciones y movimientos sociales para la elaboración de proyectos para las Secretarías y Áreas Federales que deberán ser considerados por éstas. Adicionalmente se podrán elaborar planes de trabajo sometidos a consulta a la militancia y al Consejo Político que den lugar a la creación de Grupos de Actividad o nuevas Secretarías.

▪     Uso de las nuevas tecnologías y plataformas digitales de democracia participada, como herramienta para incrementar la información, coordinación, así como la participación y posibilidades de decisión de grupos de dirección y de asambleas, militantes y simpatizantes.

En lo que se refiere a la toma de decisiones, habrá algunas que requieran la consulta directa a la militancia, mientras que otras serán adoptadas por los Órganos de Dirección. En ambos casos se velará por las suficientes garantías democráticas a través de los controles adecuados.

▪     Se determinarán estatutariamente una serie de temas que obliguen a la consulta vinculante a la militancia a través de referéndum.

▪     La participación directa por sufragio universal se aplicará al menos en los siguientes casos:

-       Para la elección de representantes en listas electorales.

-       Para la elección, separada, de los co-coordinadores / co-portavoces.

-       Para la elección del órgano de dirección federal (CPF).

-       Para ratificar acuerdos y pactos de gobierno en los diferentes ámbitos territoriales, si así lo solicita el 5% de la afiliación, o el 10% del Consejo Político de cada ámbito.

-       Para ratificar acuerdos y fórmulas de confluencia en los diferentes ámbitos territoriales, si así lo solicita el 5% de la afiliación, o el 10% del Consejo Político de cada ámbito.

▪     También se concretarán estatutariamente aquellos temas que sean susceptibles de veto por parte de las minorías.

▪     Por lo demás será el CPF o la Comisión Ejecutiva por delegación directa de éste, quien adopte decisiones entre asambleas principalmente por consenso y en su caso por mayoría simple. Las cuestiones orgánicas, como la modificación de los estatutos, requerirá de una mayoría cualificada de ⅔ de los miembros del CPF.

Pero tan importante como tomar las decisiones es marcar las líneas políticas y elaborar los trabajos. Obviamente la XI Asamblea Federal será el principal escenario pero no el único. Las dinámicas políticas varían y exigen adoptar posiciones que requieren debates colectivos en los periodos entre asambleas. Para ello se propone fijar varios mecanismos:

▪     Secretarías: Serán aprobadas en la Comisión Ejecutiva Federal de entre sus miembros, y ratificadas por el CPF. Atendiendo a los diferentes ámbitos de actuación y compromiso en los que se encuentra inmersa la militancia, y de acuerdo con el carácter de IU como Movimiento Social y Político, se crearán como mínimo las siguientes Secretarias Federales para una mejor labor de coordinación, asesoramiento, formación y apoyo:

  • Secretaría de Organización.
  • Secretaría de Política Institucional.
  • Secretaría de Movilización Social.
  • Secretaría de Comunicación (plural, ecuánime, independiente y profesional)

▪     Áreas federales: en aquellos ámbitos en el que se forme área federal ésta elegirá representación paritaria que la represente en el Consejo de Coordinación de Áreas que estará representado, a través de su Órgano de Coordinación, en la ejecutiva federal. Los portavoces de cada área podrán ser militantes o simpatizantes siempre y cuando cuenten con la confianza de sus compañeras y compañeros.

▪     Grupos de Actividad: en determinados momentos y espacios pueden surgir necesidades especiales que podrán cubrirse creando grupos de actividad específicos. Se podrán crear sometidos a consulta de la militancia y al Consejo Político y si poseen un plan de trabajo atractivo para la consecución de los objetivos políticos de IU. Estos grupos de actividad podrán ser temporales (para cuestiones puntuales) o permanentes, en cuyo caso se podrá valorar la posibilidad de convertirlos en líneas de trabajo estables representados por tanto a través de Secretarías. Los Grupos de Actividad podrán estar liderados por personas con solvencia técnica no pertenecientes a la organización y que pasarán a formar parte de la Comisión Ejecutiva en tanto que estén activos.

▪     Comisión de Garantías. Para la defensa de los derechos de la militancia, esta comisión estará formada por personas con experiencia en el ámbito jurídico afiliadas o no a IU, pero independientes de los órganos de dirección de la organización y elegidas en la XI Asamblea Federal. Su composición será de un 40% elegido por la Asamblea Federal, un 30% estará compuesto por juristas independientes del entorno de IU elegidos por consenso en el CPF (en caso de ausencia de consenso serán elegidos por sorteo de entre todos los candidatos/as propuestos por cualquier miembro del CPF) y un 30% por sorteo entre la militancia. El sorteo se realizará en el CPF, garantizando la transparencia en la elección de dichos miembros.

▪     Consejo de Coordinadores. Será un órgano consultivo, compuesto por el Órgano de Coordinación, las coordinaciones de las federaciones, y la pluralidad de IU. Se reunirá cada tres meses, y en él se tratarán asuntos de interés general de la política de IU o que afectan al conjunto de la organización. Tendrá como objeto fortalecer el debate federal y articular propuestas tendentes a impulsar la presencia de las federaciones en la acción de IU. Sus deliberaciones serán trasladadas como propuestas al CPF para su aprobación o rechazo.

 ¿Cómo situar a la organización en el conflicto social?

En el centro. Renovada. Hablando el mismo idioma y manejando el mismo código simbólico que la mayoría social: pedagogía y diálogo, frente a proclamas y lemas difíciles de digerir; construcción horizontal, abierta y colectiva, frente a la predicación ideológica del dogma y la verdad. Huir de la fe, para asentar la confianza.

IU debe ser una organización política coherente, democrática en sus formas e ideologizada en su contenido, dispuesta a ofrecer un modelo alternativo de sociedad, defendiendo valores para la transformación social y convencida de que es necesaria la reestructuración de la izquierda para conseguir tales objetivos. Son sus señas de identidad, que no tienen por qué ser absolutas ni absolutistas, pero sí una parte más a tener en cuenta en un momento en el que las formas de movilización y los contextos de la misma han cambiado. Con humildad, pero con claridad en las posiciones que IU defienda, debe prevalecer su autonomía y su voluntad de colaboración.

La convergencia, el pluralismo, la búsqueda de consensos y el diálogo, está en nuestro ADN político, y únicamente la transversalidad, la coordinación y el compartir conocimientos hace que nuestra propuesta como fuerza política de izquierda transformadora tenga la solvencia y el saber hacer en este panorama tan convulso.

Es necesaria una renovación que permita la construcción de una Izquierda Unida más abierta, más amable, radicalmente democrática, que se entienda a sí misma como una parte más de la necesaria reconstrucción de la izquierda en España y en Europa, y que esa reconstrucción trascienda lo conocido hasta ahora porque la realidad es otra y los actores políticos con los que compartir la construcción de un movimiento social y político de respuesta al austericidio son otros.

La lectura adecuada y permanente de la realidad, la generación de condiciones de cambio y transformación desde la calle y desde las instituciones, la experiencia, el compromiso militante y la historia de lucha de IU, junto a las nuevas formas de intervención en la vida política de personas y colectivos, deben formar parte de la implicación de IU y de sus gentes en la labor de transformación de la realidad y la implicación en el conflicto social.

IU no necesita disfraces ni arreglos cosméticos de nombres o colores, IU sigue siendo una herramienta útil para la transformación social, pero hay que adaptarla, hay que recuperar su discurso de lucha y renovar su estructura. Hacer del discurso una herramienta pedagógica que ayude a comprender la realidad y las posibilidades de cambiarla, con propuestas claras, solventes  y realizables. Y hacer de la estructura de IU un lugar amable, participativo, colaborativo y ágil junto a otras organizaciones y personas, que desarrollen su aportación a la necesaria transformación social.

La sociedad española ha apostado por una renovación en las instituciones, por una forma de entender las organizaciones políticas de manera más transversal y transparente, y por exigirles respuestas posibles a los problemas que sufre.

La crisis económica que arrastramos desde 2008 provocó la indignación y la respuesta ciudadana ante una situación traumática que desmontaba las realidades y los sueños de generaciones enteras. Manifestaciones, huelgas generales y el 15M, que durante el primer periodo de la crisis demostraron que la movilización social, no sólo era posible y deseable, sino que contestaba de forma rotunda al austericidio que se planteaba desde los gobiernos del PSOE y del PP, sufrió un punto de inflexión a partir de las Elecciones Europeas de 2014 y la aparición de Podemos, como nuevo sujeto político, en la apertura de un ciclo de cambio que aún sigue inconcluso.

Durante todo ese tiempo, IU estuvo en la calle, comprometida con las realidades dolientes que estaban suponiendo la gestión de la crisis y el ataque frontal a los derechos y libertades ciudadanos, junto a colectivos y asociaciones ciudadanos, movimientos sociales, sindicatos de clase, colectivos específicos como la PAH, o promoviendo iniciativas como las Marchas por la Dignidad, las Mareas… etc.

Pero la apertura de ese ciclo político y “el golpe en el tablero” junto a la llamada a “tomar el cielo por asalto”, generó una expectación y una esperanza de cambio que frenó las movilizaciones y desvió la protesta social hacia la confianza de que el final del ciclo electoral supondría la llegada de un nuevo tiempo de cambio que acabaría con la crisis económica y sus consecuencias. Nada más lejos de la realidad.

La expectación generada no se ha cumplido, las consecuencias de la crisis económica continúan, se consolidan y profundizan, y la movilización social, sufre estado de coma: es IU la que sabe, puede y debe resucitar la movilización

No es tiempo ahora de buscar a los culpables de la desmovilización social, pero sí de confirmar que IU también se dejó deslumbrar por los acontecimientos a futuro del ciclo electoral y además en un papel subalterno a Podemos, lo que la distanció de la calle como organización sin que por ello la militancia dejara de seguir participando en las movilizaciones que en mayor o menor medida y de forma sectorial, se han seguido manteniendo en el tiempo en diferentes lugares y ámbitos a lo largo y ancho de nuestro país.

Es la militancia y su valor de compromiso permanente con la realidad de injusticia que la rodea, la que hace que IU siga teniendo sentido y valor en sí misma ante el reto de recuperar el tiempo perdido y la movilización social como motor de cambio político. Y es la militancia, desde el debate democrático y desde la confianza en el proyecto político de IU, la que deberá plantear y defender los cambios necesarios para que IU recupere el espacio perdido y la dirección política que la sitúe en el nuevo tiempo de la izquierda transformadora en España.

IU tiene futuro si interpreta de forma vanguardista su enorme trayectoria y bagaje. Desde el convencimiento de que sin movilización social no habrá cambios políticos, IU debe trabajar para volver a tener instrumentos de lucha política legitimados por la ciudadanía y compartidos con ella.

IU siempre fue el referente de la izquierda alternativa, la voz de la clase trabajadora y los derechos sociales. Su discurso está más presente que nunca porque el conflicto social se mantiene y las consecuencias de la crisis continúan.

Retomar la movilización social junto a otras organizaciones de todo tipo, y junto a la espontaneidad de la gente ante la frustración generada porque el cambio prometido no se va a producir, debe ser, junto al compromiso de la militancia y la labor institucional, un objetivo prioritario en el nuevo tiempo de IU.

Es fundamental adaptar nuestra organización a los contextos, y para ello proponemos una revolución de metodologías, de formas de relacionarnos con los ciudadanos, de mejorar nuestros procesos internos de decisión y de ir a estructuras más horizontales y colegiadas, en donde el debate y la discusión política vertebren nuestro trabajo. Sólo hablando con la gente de los problemas que les afecta, y haciéndoles partícipes de las posibles soluciones, seremos capaces de contribuir a la recuperación de la movilización social y la posibilidad de transformar la realidad desde la política.

Somos referencia de lucha y compromiso y debemos serlo junto a otros y otras. El tiempo de considerarnos hegemónicos de la movilización ha pasado. Ahora toca ir con otros, sumar para multiplicar resultados y participar de otras iniciativas de movilización y compromiso social en clave colaborativa. Aportando la experiencia y la visión propia de nuestra fuerza política, fomentando la participación con perspectiva pedagógica y de invitación a normalizar las iniciativas de protesta y movilización como elemento de consolidación democrática y respuesta política, y siempre desde el respeto a la diferencia y la consideración de ésta como algo legítimo y enriquecedor.

La realidad social, política, económica y cultural de España necesita que se restablezca la movilización social. Con independencia de los resultados electorales de las pasadas elecciones generales o de la nueva cita electoral que pueda producirse, lo cierto es que las políticas de austericidio, empobrecimiento y recorte masivo de derechos fundamentales, no pueden ser vencidas sólo desde la espera a que nuevas fuerzas políticas o nuevas alianzas cambien el orden de las cosas.

La Historia y la experiencia acumulada como fuerza política y de compromiso social nos dicen que los cambios profundos, las transformaciones que perduran y la consolidación de formas de vida dignas, deben ir acompañadas de una acción política que vincule la movilización con la propuesta y ésta a su vez con presencia en las instituciones. Y todo ello junto a otros agentes sociales y políticos sensibles y susceptibles de sumar su esfuerzo al cambio.

Para todo ello IU debe poner en marcha una política de alianzas y de colaboración con todos aquellos sectores, organizaciones, colectivos y sindicatos que estén dispuestos a sumar esfuerzos para recuperar el protagonismo de la gente en la calle a través de la movilización, haciendo un llamamiento a la recuperación del espacio y el tiempo perdidos para volver a tensionar a los millones de ciudadanos/as afectados por la crisis que en su día se indignaron, se movilizaron, despertaron y ahora sienten frustración por no haberse mejorado la situación.

Debe ser IU junto a otros colectivos y organizaciones, la que recupere el mensaje de que la movilización es imprescindible. Y desde la labor de su militancia, el compromiso de sus cargos públicos y la definición de una hoja de ruta clara por parte de la dirección, establecer un calendario de acciones, propuestas y campañas a desarrollar, siempre desde la invitación a otros sectores a colaborar en su elaboración, diseño y desarrollo.

 Concreción del modelo de Estado y su plasmación en la organización

La Revolución Democrática que proponemos para Izquierda Unida tiene su reflejo en la concreción de un modelo de Estado que, de igual modo, debe aspirar a marcar las características de la autonomía y soberanía de nuestra federalidad así como al empoderamiento de nuestra militancia y horizontalidad real de la toma de decisiones.

Es una contradicción en términos, por ejemplo, que aspiremos a modelos representativos en el modo de Estado más justos que las leyes de representación y electorales que sufrimos, y de las que nos quejamos, y en cambio no establezcamos un modelo con reglas internas más justas en  la representatividad y presencia de minorías, territorios, sensibilidades, sectores de interés, etc.

Es una contradicción en términos defender el derecho de las gentes, pueblos y naciones que conforman el estado plurinacional que defendemos, a decidir sobre su propio futuro, y no ser exquisitos en el respeto de la soberanía que la militancia de cada territorio, autónoma y federalmente, tenga en la toma de sus decisiones políticas.

Es una contradicción en términos el respeto a la autonomía de las entidades nacionales, y de sus especifidades políticas así como de sus instituciones ejecutivas, y no ser escrupulosamente respetuosos igualmente con las federaciones de Izquierda Unida, sus peculiaridades políticas y sus legítimos órganos de gobierno, así como solidarios con las decisiones políticas que, siempre bajo la consulta de sus bases y en ejercicio de su soberanía, afronten tomar.

Sesgos y decisiones tan arbitrarias con el respeto a la federalidad de nuestro proyecto como querer intervenir en las decisiones políticas y refrendadas de la federación extremeña, o liquidar a la federación madrileña, desde arriba, desde poderes centralistas y con decisiones de órganos que prevalecían sobre los de su propia militancia, pero, al mismo tiempo, no poder incidir, intervenir o recomendar, por ejemplo, sobre el pasado co-gobierno andaluz con el PSOE o sobre los diputados de Izquierda Unida presentes en el Congreso dentro del Grupo de PODEMOS, son extrañas en sistemas de derecho, federales, democráticos y garantistas.

Incurrir en estas contradicciones y arbitrariedades tan poco democráticas e intervencionistas  anulan la capacidad y el discernimiento de aquellos/as que las han defendido en el pasado pero, sin reproche y de cara al futuro, sobre todo plantan ante nuestros ojos el arbitrario y sectario uso del modelo de IU que algunos han venido practicando y utilizando con perentorios y fracasados objetivos políticos. Volvemos a la necesidad de blindar un modelo participado y plural para evitar el torticero uso de sus mecanismos.

El modelo de Estado que proponemos es el de un Estado Social y de Derecho, Plurinacional y Solidario, con autonomías federales, bajo la instauración del derecho a decidir de forma revisable y con mecanismos de redistribución solidaria en materia de derechos sociales y políticos

“Un modelo de Estado federal, republicano, plurinacional y solidario se basa en la convicción de que es la fórmula que puede dar solución a los problemas políticos derivados de la realidad plurinacional de forma que el Estado asuma lo diversificado de su composición, garantizando los reequilibrios territoriales entre los diferentes territorios y los diversos actores sociales…” son palabras de documentos que hemos ido elaborando conjuntamente en el seno de IU y que responden, a expensas de ser concretados, del espíritu que defiende la Revolución Democrática.

Quizás nuestra aspiración más diferenciada sea la de establecer recurrentes mecanismos de consulta sobre modelos y vínculos concretos de asociación solidaria bajo un República Federal, Social y de Derecho, Plurinacional y Solidaria, de las diferentes naciones de España.

Es decir, decidir de forma refrendada, en el horizonte de cada 25 años, cuestiones esenciales como el encabezamiento de la Jefatura del Estado o los determinados referéndums de autodeterminación para posteriormente, en plazos y procesos consensuados a lo largo de 10 años, ir concretando esas otras situaciones de manera efectiva. Tras ese proceso debe haber una  última ratificación popular del mismo y el asentamiento de la autodeterminación como realidad.

El inalienable derecho que todas las naciones del mundo tienen a delimitar el horizonte de su autogobierno y la libertad política de su expresión, es el primer paso para establecer diálogos que, apelando al consenso, aporten soluciones de encuentro, contacto, permanencia o reforzamiento de determinados vínculos que hoy existen pero que están tremendamente viciados entre las diferentes identidades nacionales de España.

Las salidas sociales a las legítimas aspiraciones de autodeterminación e independencia de estas naciones, para la izquierda pasan en primer lugar por el absoluto reconocimiento de que sobre otros derechos, en las sociedades occidentales del siglo XXI, prevalecen los del libre ejercicio democrático de sus ciudadanos/as; posteriormente se trata de huir de cualquier tentación de ejercer el poder desde un centralismo falsamente democrático que agote cualquier vía de entendimiento con fuerzas, colectivos, movimientos y aspiraciones políticas hermanas.

Asumiendo con convencimiento que el Estado español asiste a una severa involución en cuanto a derechos sociales, civiles, medioambientales y simbólicos, las alianzas que podamos establecer con representantes políticos y sociales de las izquierdas identitarias y el nacionalismo de clase sólo pueden abundar en la solución de una situación de desentendimiento que, tras años de políticas ciegas, sordas y prepotentes desde las posiciones conservadoras del PP o del PSOE, parece ser irresoluble y estar absolutamente estancada.

Estas propuestas concretas son medidas para iniciar un necesario diálogo entre todos y para todas, y sobre el que la izquierda federal debe tomar la iniciativa para que, sea cual sea la resolución de la situación, su salida sea social, solidaria y de encuentro.

Diagnóstico y posición ante el proyecto de integración europeo y, en concreto, ante el actual modelo Definido por la Europa del euro.

La crisis de las personas que solicitan asilo; la gestión del Brexit y la propia gestión de la crisis económica y sus resultados han puesto de manifiesto el agotamiento del modelo de integración propuesto desde Maastricht. La UE se ha convertido en parte de los problemas y no de las soluciones, los estudios demoscópicos ponen de relieve una caída sin precedentes del apoyo al proceso de integración o la confianza en las instituciones comunitarias. Y por si no fuera suficiente, una buena parte del rechazo a esta UE lo está capitalizando políticamente la extrema derecha con un discurso tan peligroso como mentiroso.

No podrá decirse que la palabra crisis es ajena a la Unión Europea. Prácticamente desde su constitución los avatares de la construcción europea han ido vinculados a situaciones de estancamiento y/o de incertidumbre en el proceso de integración. Hasta ahora era normal considerar que esas situaciones se saldaban con algún progreso en el proceso de transferencia de soberanía nacional y de reforzamiento de las instituciones comunitarias, en una suerte de teleología del proceso de integración que ha mostrado toda su insustancialidad en estos momentos. El futuro de la UE no es necesariamente un modelo de estado federal al que caminamos inexorablemente de la mano fría, pero firme, del mercado único.

No es la primera vez que la idea de crisis sobrevuela Bruselas, proyectando una sombra amenazante sobre el futuro de Europa. No es que nadie haya propuesto o proyectado un futuro sin la UE, pero hay dudas más que razonables sobre lo que quedará del famoso modelo europeo tras la gestión de este tsunami económico y del resto de conflictos que han estallado en la cara de los dirigentes europeos ante su sorpresa o complicidad.

En lo que hace a la crisis económica y la gestión de la misma, ambas han puesto de relieve hasta qué punto el “mantra” neoliberal estaba interiorizado en la cabeza y en los corazones de las principales familias políticas en los estados nacionales. Resumiendo: tanto la tradición socialdemócrata como la democratacristiana, ambas abanderadas de este proceso de integración, se han señalado también como defensoras –con mayores o menores dosis de pasión- de la ortodoxia macroeconómica vinculada al pensamiento económico dominante y de las recetas de devaluación interna, estabilidad presupuestaria, privatizaciones y auxilio sin límites al sistema financiero que han caracterizado la salida a la crisis por doquier.

En lo que nos concierne, el resultado es una pérdida llamativa de derechos sociales y de retroceso de las políticas públicas en toda Europa. La intensidad mayor en la destrucción se la llevan los países del Sur de Europa, precisamente aquellos a los que los años de prosperidad sobrevenida solo habían llegado para construir un estado del “medio-estar”. Pero la dinámica general va en la misma dirección: desmantelar los estados del bienestar. Recientemente en Holanda, el príncipe llamaba, en un giro político-conceptual digno de ser reseñado, a transformar el “estado social en un estado participativo” (sic).

Aún en 2010, el Grupo de reflexión sobre el futuro de Europa presidido por Felipe González destacaba el hecho de vivir “un punto crítico de nuestra historia”, y llamaba a utilizar la crisis como una oportunidad, así como a resolver dos desafíos relacionados: “garantizar la continuidad de nuestro modelo social y económico, y desarrollar los medios de apoyar y defender dicho modelo”. Difícilmente podría seguir defendiéndose eso mismo hoy.

Pero este giro en los objetivos de la UE manifiesta un problema desde varias perspectivas: en primer lugar, está por ver si esta modificación de los objetivos originales de la UE, toda vez que la gestión de la crisis se ha llevado o se va a llevar por delante lo que queda de los estados del bienestar, mantiene el vínculo de las dos grandes familias políticas en relación con el proyecto europeo. En segundo lugar, obliga a la tradición socialdemócrata a reformular sus objetivos a corto y medio plazo. En tercer lugar, quiebra una seña de identidad sobre la que se había construido hasta ahora un icono que singularizaba a Europa frente a la globalización anglosajona, y con ello una de las razones de legitimación del proceso tecnocrático y despolitizado de integración.

En ausencia de legitimidad de origen –vinculada a procesos democráticos de decisión- la UE se había legitimado sobre la base de los efectos prácticos de sus políticas, en la medida en que parecía que el resultado de las mismas era tanto una mejora del bienestar general como un incremento del valor añadido específicamente europeo, consistente en un estado social que ofrecía perspectivas de integración, seguridad y bienestar creciente a la mayoría. Sin esa perspectiva de integración y bienestar, la UE ha comenzado a ser percibida por su ciudadanía como parte de los problemas y no como parte de las soluciones. En consecuencia su gestión ha adquirido naturaleza política, esto es conflictiva y partidaria y su popularidad ha caído a niveles desconocidos desde que se tiene noticia en los eurobarómetros (1974).

El último estudio demoscópico europeo (Eurobarómetro 85/2015) publicado señala que en España hemos pasado en 6 años de una valoración positiva de +42 puntos a una negativa de -58 puntos. Lo que significa que hoy hay un 17% de españoles que confían en la UE frente a un 75% que desconfía.

Una dimensión problemática más es que también las tradiciones alternativas de izquierda se ven interrogadas sobre sus propuestas. En este espacio nunca hubo unanimidad ni acuerdo respecto a qué pensar de la UE y ahora, ocupado el espacio del repliegue nacional e identitario por las fuerzas de extrema derecha, queda por ver qué harán las organizaciones situadas tradicionalmente a la izquierda de la socialdemocracia.

Es importante a nuestro juicio, esta articulación de crisis económica, crisis inducida del modelo social europeo y pérdida de legitimidad del proyecto de integración mismo. En realidad, algunos de los problemas que hoy se consideran más destacables no son nuevos, pero su notoriedad se ha acrecentado en este nuevo escenario.

Podríamos destacar, de una parte, el fin de la supuesta relación virtuosa entre Europa y la Unión Europea, que se han venido utilizando como conceptos equivalentes, en una confusión entre civilización (si la hubiere) y proyecto político, claramente excesiva. La crisis y la gestión de la misma han puesto de relieve la existencia de varias Europas que no necesariamente convergen y se encuentran, rompiendo con ello el mito de que el proyecto de integración acercaba tanto las economías como las sociedades europeas.

Por otra parte, despojado de esta perspectiva civilizatoria, el proyecto de integración aparece como lo que realmente ha sido desde el comienzo: un diseño político y económico fruto de diversas y diferentes correlaciones de fuerza. Construido sin un propósito previo pero sí mediante un método que hacía de la despolitización y de las servidumbres tecnocráticas el motivo mismo de su existencia.

La lógica del proceso de integración funcionó mientras ha sido posible mantener la ficción de que la UE se encargaba de cuestiones que requerían de un saber técnico y la política seguía residiendo –con sus grandezas y miserias- en el espacio estatal-nacional. La crisis ha puesto especialmente de manifiesto la naturaleza infundada de esa creencia, y que la UE es un proyecto político de los pies a la cabeza, con una elevadísima capacidad decisional, pero también con un severísimo déficit democrático. Esto quiere decir que la UE toma decisiones sobre cuestiones relevantes y decisivas para la vida de las gentes, pero lo hace a través de procedimientos insuficientemente democráticos y escasamente controlables por instituciones representativas.

En efecto, desde sus orígenes, la UE cuenta con una asimetría estructural que condiciona su presente y su futuro. La centralidad acordada a la construcción del mercado único ha habilitado a las instituciones europeas para llevar a cabo una tarea minuciosa de voladura controlada de los estados del bienestar. Este objetivo económico es el que ha dado sentido al funcionamiento de las instituciones europeas y ha contado con el apoyo de los estados mismos, convencidos de la bondad y pertinencia de esta estrategia. Pronto se descubrió que remover los obstáculos que dificultaban la construcción del mercado único significaba limitar las capacidades de control de las administraciones públicas sobre el desarrollo económico; favorecer el empoderamiento de las empresas en la determinación de los objetivos económicos y desmontar los derechos sociales y laborales, en el buen entendimiento de que se trataba de privilegios y obstáculos en la búsqueda de un bien mayor. No pocos sindicatos aceptaron con gusto esta dinámica.

Podrían haberse transferido a la UE las capacidades para reconstruir, en el espacio europeo, las condiciones de regulación pública del mercado desmontadas en los estados-nación, pero no fue el caso. O podrían haberse determinado objetivos sociales o laborales que acompañasen, moderasen o condicionasen la instauración del mercado único. Nada impedía que hubiera podido hacerse de esta manera, pero tampoco fue el caso. Así, la Comisión Europea y el Tribunal de Justicia Europeo se convirtieron en motores del desmantelamiento de las políticas públicas de control del mercado, convertidas en los chivos expiatorios de todos los males de las economías europeas. Pero los ajustes necesarios para paliar –o intentarlo- los efectos de ese desmontaje sistemático de los estados sociales quedó en manos exclusivamente de los gobiernos. No se transfirieron capacidades de regulación en política social, ni se legisló a nivel europeo para asegurar umbrales homologables de protección social o indicadores exigibles de gasto social.

La UE después de Maastricht

El Tratado de Maastrich (1992) significó la consolidación de ese proceso histórico, y confundió a las opiniones públicas europeas, hasta entonces entusiastas del proceso de integración. El apoyo a la UE cayó por primera vez en más de diez puntos respecto al período anterior y, hasta ahora, no sólo no se han recuperado los niveles de aceptación previos a Maastricht, sino que se han deteriorado significativamente.

Las reformas laborales, el fin del sector público, el ataque sin precedentes a las administraciones públicas y sus funcionarios, el deterioro consciente y deliberado de los servicios esenciales como educación o sanidad, forman parte de esta estrategia de reconfiguración de nuestras sociedades.

El pacto social que nos proponen está fundado sobre el miedo, la desigualdad y la ausencia de derechos; la defensa a ultranza de derechos los civiles, sociales y medioambientales, deben definir un proceso de integración europeo solidario

Ahora parece evidente que la lógica neoliberal, impuesta desde Maastricht, ha encontrado en la gestión de la crisis una ocasión única para desmantelar los estados del bienestar y reconfigurar nuestras sociedades. El objetivo es ese nuevo pacto social perseguido tenazmente por las clases dominantes basado en un desplazamiento sin precedentes de poder político y económico desde las mayorías sociales a las minorías dominantes.

Nada de lo que ocurre, sin embargo, es particularmente extraño o ajeno a la lógica que las instituciones europeas venían desarrollando desde hace años. El proceso de integración conoció una inflexión cualitativa con el Tratado de Maastricht (1992), una afirmación de su orientación neoliberal y economicista y el fin de cualquier sueño de integración política. Vencieron las tesis que consideraron el proceso de construcción de la UE como una oportunidad para poner fin a los estados del bienestar y a la extensión de derechos sociales.

Desde entonces las iniciativas políticas tendentes a mejorar la perspectiva de un proyecto político integrado o han colapsado o se han plegado a la lógica neoliberal dominante. Ninguno de los Tratados posteriores a Maastricht solucionó los graves problemas que el proceso de integración ya abordaba y la no nacida Constitución Europea fue un notorio fiasco que puso fin a cualquier ensueño de integración. Desde entonces la prioridad de las instituciones europeas ha sido el desmantelamiento de las políticas sociales.

La gestión de la crisis ha acentuado esa dinámica y ha desplazado el centro de operaciones hacia el Consejo Europeo, es decir, al motor político de esta Unión Europea y al órgano con menos legitimidad democrática de cuantos constituyen el entramado institucional de la Unión. En sus reuniones se toman decisiones al margen de las agendas estatales, fuera de cualquier capacidad de control de los Parlamentos nacionales y, por supuesto, sin que los compromisos políticos que llevaron a esos gobiernos al poder a través de las elecciones, cuenten lo más mínimo.

Se ha impuesto una lógica austericida que no soluciona ninguno de los problemas a los que supuestamente intenta dar respuesta y, eso sí, agrava todos los indicadores económicos. Pero parece obvio, a estas alturas, que el objetivo de la obsesión por la austeridad tiene muy poco que ver con las preocupaciones económicas reales y mucho más con una estrategia que tiene al estado social como obsesión y como víctima.

 Un frankestein institucional nada democrático

En este punto, la actual arquitectura institucional de la UE ha revelado sus severas limitaciones democráticas y sus servicios prestados a la despolitización de decisiones sustancialmente políticas. El frankestein institucional que conforman la Comisión Europea, el Consejo Europeo, el Parlamento Europeo y el Tribunal de Justicia Europeo, ha favorecido un marco decisional donde la participación ciudadana y la capacidad de control misma sobre lo que estas instituciones deciden están excluidas.

El modelo es ilegible políticamente para la mayoría de la sociedad europea y no existen condiciones para que instancias ajenas a las mismas instituciones puedan ejercer su capacidad de control y exigencia de responsabilidad. La arquitectura institucional de la UE hace prácticamente imposible que puedan materializarse las exigencias de responsabilidad política, rendición de cuentas, control democrático y capacidad de escuchar a la sociedad, exigibles para cualquier institución democrática.

Esto permite que las instituciones de la UE –especialmente la Comisión Europea- puedan decir que no saben nada de las políticas de austeridad, y que los gobiernos nacionales a su vez culpen sistemáticamente a la Comisión Europea y sus exigencias de las mencionadas políticas. En este contexto un mero aumento de los poderes del Parlamento Europeo, aunque pudiera paliar parcialmente el problema, no resuelve la condición no democrática de este diseño institucional. Sirva como anécdota de este desencuentro entre intenciones y realidades, y como ejemplo (aquí ya sin consideraciones anecdóticas) de las dificultades sistémicas de la arquitectura institucional de la UE para ofrecer espacios de participación y control democrático, que el año 2013 fuera declarado por la Comisión Europea como el año de la ciudadanía europea; y terminado ese momento señalado para la participación ciudadana, ya en 2016 la ciudadanía concernida no se haya siquiera enterado de que estaba convocada para algo.

Debemos reconocer que aquí aparece un problema vinculado al tipo de respuesta que la ciudadanía dé a la pregunta de ¿qué queremos hacer con la UE? Si la respuesta es “marcharse a toda prisa”, el entramado institucional y sus complejidades serán solo preocupación de académicos y curiosos. Si la respuesta es “apoyamos la perspectiva del proceso de integración, pero esto no nos vale”, entonces tenemos que encontrar respuestas a la cuestión de cómo construir una democracia supranacional. Es decir, el entramado institucional existente hasta ahora reproduce y amplifica el déficit democrático de manera permanente y, por tanto, no nos sirve si nos preocupa hacer de la UE un proyecto democrático. Pero tenemos que construir un diseño democrático supranacional que hasta ahora, carece de modelo. Este diseño debería dar respuestas a las problemáticas de la participación ciudadana en el espacio europeo y la construcción de un espacio público europeo, y a la cuestión de si es necesaria alguna identidad europea para hacer posibles lógicas de participación y empoderamiento; de qué papel deben jugar los parlamentos nacionales en este diseño, y de cuánta transferencia de soberanía es soportable sin que se pierda la condición democrática de las decisiones políticas.

Un aspecto más e igualmente importante tiene que ver con la dimensión exterior de la UE. Hay razones relacionadas con la pérdida de peso y dinamismo económico de Europa en relación con otras más pujantes. Además de esa dimensión económica, está la proyección exterior de la UE y su presumida condición de defensora de un nuevo paradigma en las relaciones internacionales.

Hay que decir que la historia de la UE se compagina mal con esa voluntad de proponerse como un baluarte de los derechos humanos en un mundo hostil y hobbesiano. Lo cierto es que la política exterior de la Unión Europea ha sido un espacio más caracterizado por los discursos que por las prácticas. Éstas han quedado en manos de los estados, que a menudo han buscado complicidades en la UE, no siempre con éxito. La gestión de la UE en la crisis migratoria ha llenado de vergüenza y tristeza a los millones de europeos/as que confiaban en que la Unión se comprometiera con sus valores y actuara de acuerdo a ellos.

En conclusión, los desafíos y preguntas que a día de hoy son pertinentes en relación con la UE tienen un calado sistémico. No son asuntos de matiz o de detalle, no se trata de mejorar una u otra política. La crisis económica y la gestión de la misma han desnudado el proyecto de sus ropajes tecnocráticos y despolitizados y han mostrado al emperador desnudo. La cuestión ha dejado de ser la de “empujar para hacer posible ‘más Europa’”. En realidad, habría que decir que esa formulación fue, en general, una manera de justificar el proceso de integración realmente existente eludiendo más preguntas sobre el mismo.

No defendemos ni apostamos el repliegue sobre lo nacional. No defendemos ideas que nos asemejarían a los neonazis europeos y que hacen descansar su propuesta sobre presupuestos identitarios: recuperar la soberanía, la dignidad y la legitimidad democrática no significa abandonar el proyecto de integración europeo. A condición de terminar con la lógica neoliberal que domina el actual y modificar sustancialmente su estructura institucional. Apostamos por la refundación democrática y participativa de este proyecto. Sin la ciudadanía europea ningún proyecto de integración tiene sentido. Con políticas económicas contra la mayoría de la población la idea de la integración se debilita y se hace tan innecesaria como incomprensible para la población. Hay que decir que los principales responsables del ascenso de partidos de extrema derecha, neonazis y populismos xenófobos de todo tipo son las actuales instituciones europeas y sus políticas suicidas, pero también los gobiernos que las alientan, defienden y promueven y que utilizan, a menudo, la cobertura del paraguas europeo para justificar sus desmanes.

Su estrategia de enfrentar poblaciones para eludir responsabilidades o ganar tiempo tiene y tendrá consecuencias perversas y negativas para todos/as.

Aunque es evidente la necesidad de defender la idea de un proyecto de integración supranacional democrático, social y ecológico, constatamos que esta Unión Europea se aleja a pasos agigantados tanto de esas demandas de derechos como de sus propios ideales originales. La UE de hoy se ha convertido en una máquina trituradora de derechos y en un componente esencial de las políticas de desmantelamiento de los estados sociales en Europa. Pero estamos convencidos/as que el repliegue nacional, la idea de una vuelta a supuestos valores radicados en los estados nacionales, es una perspectiva no solo defensiva sino irreal. Somos internacionalistas y no queremos volver al mundo de las confrontaciones de clase nacionales, cuando podemos y debemos pensar en reconstruir un modelo de acuerdo, colaboración y negociación supranacional.

El estado nación no es un invento de la clase obrera, nuestra vocación sigue siendo internacionalista. Nuestra apuesta, desde Europa, es un ‘Nuevo Internacionalismo’ que combata el imperialismo capitalista y a regímenes derivados del imperialismo soviético

Nos sumamos a la idea de debatir sobre este asunto con profundidad, no podemos eludir este debate ni mucho menos. Pero debemos hacerlo desde lo concreto, desde agotar las posibilidades de reforma de lo existente a demandar un “Proceso constituyente para una nueva Europa”. Creemos que determinadas afirmaciones y giros que, so pretexto de la responsabilidad de la UE, exculpan, de facto, a los gobiernos nacionales por sus obligaciones, abona el camino a la extrema derecha o a modelos de integración estilo Gran Bretaña, tan exquisitamente funcionales al capitalismo financiero internacional.

Combatir la ofensiva de los imperialismos capitalistas y post-soviéticos desde el ‘Nuevo Internacionalismo’: defensa de la paz, la democracia, los derechos civiles, la justicia social y el planeta como ente vivo.

Las respuestas que se pueden cuadrar para combatir los imperialismos extractivos y subyugantes de carácter capitalista o aquellos derivados de institucionalidades y sistemas post-soviéticos, y desde una izquierda que quieren ser hegemónicas en el contexto de las democracias parlamentarias y estados de derecho de la Europa del siglo XXI, sólo puede proceder desde el convencimiento de que las ansias democratizadoras, el respeto a las libertades y derechos civiles, especialmente de las mujeres, la consolidación y/o consecución de derechos sociales, que aspiren a crear estados justos y equitativos socialmente, y la defensa a ultranza de modelos económicos y productivos que respeten al planeta como ente vivo, responden a la misma aspiración emancipadora, de dignidad y mejora de calidad de vida, pero también de mayor felicidad y empoderamiento, de todas las sociedades humanas.

El ‘Nuevo Internacionalismo’ es pacífico; radicalmente demócrata; aspira a la defensa y consolidación de derechos civiles, libertades y respeto a la integridad física y ética de las personas; promulga un nuevo orden económico que salvaguarde la salud de nuestro planeta; y trabaja por la redistribución de las relaciones de poder económico y político de modo que, desde su democratización, se mejoren las condiciones de vida de millones de seres humanos en todo el planeta y se garanticen derechos sociales tales como educación, sanidad, mínimos vitales y suministro energético sostenible.

La máxima aspiración de este Nuevo Internacionalismo es el establecimiento, partiendo de la imperfecta, antisocial y antidemocrática Europa, de un Estado Social y de Derecho de carácter Transnacional y Solidario: un nuevo orden social

El ‘Nuevo Internacionalismo’ es holístico y no debe estar sujeto a ninguna constricción heredada y no humanista dado el contexto espacio temporal actual; por ello, debe poner en cuestión tanto la situación de drama social derivada de la opresión del capital sobre las fuerzas del trabajo en Europa, como la represión cruenta de las protestas sindicales en China; el menoscabo de determinadas libertades y derechos civiles en Cuba, como los sistemas de justicia feudales y represores de Arabia Saudi; los entre 30 y 40 millones de personas que pasan hambre en Estados Unidos, y la falta de una cobertura mínima sobre muchas necesidades básicas para la mayoría de la población de Corea del Norte.

Pierre Bourdieu, ya en la década de los 90, identificaba el peligro de muchos pueblos que “se aproximan a un vuelco total de su historia: las conquistas alcanzadas tras varios siglos de luchas sociales, combates intelectuales y políticos, sobre la dignidad de los trabajadores, se encuentran directamente amenazadas. Los movimientos de la comunidad europea … sin ninguna coordinación explícita están en contra de una misma política, que adquiere formas diferentes según los campos y los países, pero conserva siempre la misma intención de destruir las adquisiciones sociales, que se cuentan entre las más altas conquistas de la civilización; universalidad enfrentada a la ‘mundialización’ de la competencia de los países menos avanzados”… Estos 20 años sólo han servido para que el tiempo le haya dado la razón.

Por eso, desde las izquierdas actuales, humanistas, democráticas, abiertas y plurales, de la Europa Occidental, nada debe ser tan legítimo como el doble vector de, por un lado, defender tales adquisiciones (derecho al trabajo, seguridad social, sistemas públicos y universales de sanidad y educación, etc., pero también derechos civiles, libertades y garantías democráticas), como por, de otro lado, exigir en el resto del planeta, aunque no de forma impuesta, paternalista o intervencionista, el cumplimiento de los mismos requisitos que, desde un punto de vista meramente emancipador, han sido logros históricos y universales de la civilización que quizás haya conocido mayores cotas de bienestar social y posibilidades de “ser feliz” en la historia de la humanidad.

Debemos combatir, desde la movilización, desde un minucioso trabajo de pedagogía política, y desde el establecimiento detallado de alianzas a nivel planetario, a los voceros y “manijeros" de las fuerzas económicas y élites financieras y políticas de este mundo neoliberal y globalizado.

Para ello es prioritario oponerse a un mundo de economía global que destruye esos derechos sociales, o mantiene en el ostracismo político y económico a más de dos tercios de la población mundial, al mismo tiempo que reclamar a los espacios post-soviéticos el que se avance en la democratización de sus sistemas, se garanticen los derechos civiles y no se atente contra ningún derecho esencial del hombre o de la mujer, porque esas serán las mayores garantías, desde el empoderamiento de la ciudadanía, para el mantenimiento de determinadas conquistas sociales.

Pero por encima de todo, y desnudado que las contradicciones del capital y de los modelos económicos extractivos no sólo se dan con respecto al trabajo, sino también con respecto a la democracia, la igualdad y la justicia sociales, se debe incidir en la reconversión de todo el modelo productivo hacia fórmulas que convivan con la salud del planeta y no esquilmen aún más los delimitados recursos naturales de los que disfrutamos.

Fruto de dinámicas productivas sobre falsas necesidades, individuales o colectivas, nuestro actual modelo productivo, además de tremendamente especulativo, es voraz, vertical, básicamente extractivo y especialmente consumista, modelo que atomiza socialmente, embrutece económicamente y arrasa medio-ambientalmente.

¿Cómo crear las bases para ese nuevo internacionalismo? La primera respuesta nos la da la movilización: las bases sociales para el éxito de esa movilización existen porque el crecimiento de las desigualdades sociales se puede comprobar a escala planetaria y las relaciones interconectadas entre decisiones económicas globales y repercusiones sociales locales se ha desnudado por fin a escala masiva; eso sin hablar de la evidente concienciación, cada vez mayor, sobre el menoscabo de nuestro medio ambiente, la desigualdad crónica que sufren las mujeres en todas las sociedades humanas, y especialmente en algunas de ellas; las querencias universales para disfrutar de libertades tan básicas como las de expresión, organización política o elección… Todas están hoy plenamente asentadas en el imaginario global como aspiraciones legítimas.

La segunda oportunidad nos la proporciona la promoción de ese Estado Social y de Derecho Transnacional, que defienda y refuerce aquellas adquisiciones históricas asociadas al Estado del Bienestar pero sobre todo que apele a los diferentes agentes e instituciones internacionales a entenderse en base a principios y conceptos radicalmente distintos a los que imponen las relaciones de poder económicas y políticas derivadas del capitalismo global y neoliberal, o de las que vengan heredadas por los bloques de enfrentamiento global procedentes de la Guerra Fría.

Se trata de poner en el centro de la agenda de interés político, con carácter global, derechos absolutos, humanos, irrenunciables, y con una enorme carga simbólica y pedagógica: justicia universal, solidaridad, mínimos vitales, lucha contra la corrupción, elaboración de un derecho social internacional y política exterior vinculada a él; derechos de la mujer; derecho de autodeterminación; mimo de las minorías étnicas; democracia; laicidad; salvar el planeta; paz…

Primar la concepción social de la política en pro del interés general contra una concepción política derivada de lógicas competitivas y especulativas. Así se lucha contra los imperialismos.

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Miércoles 28 de junio. Literatura y flamenco en El foro

 

Con la presencia del autor y la actuación de "El Plazuela" al cante y Juan Hoyos al toque.

 

 

 

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