Una izquierda para salvar a Europa de sí misma.

Por | Pedro Chaves Giraldo.

Me sorprende un poco que nadie del viejo y agotado europeísmo haya levantado su voz en nuestro país contra el acuerdo del pasado Consejo Europeo, ese que le ha dado el santo y la bandera del proyecto de integración europeo a la pérfida Albión.

Inglaterra envidó a grande y todo dice que el grueso de los países que cuentan en esto de la cosa europea deseaban esa apuesta mayúscula para hacer irreversible –al menos intentarlo- la deriva ultraliberal de la UE.

Desde los años 90 la UE se ha convertido en una máquina de liberalizar y triturar derechos sociales y este acuerdo se presenta como un regalo para ese proyecto que empieza y termina en el mercado.

Entre las cosas indecentes del acuerdo figura el reconocimiento de la centralidad de una lógica competitiva de matriz neoliberal cuyos límites ni siquiera remiten a las fronteras actuales de la Unión. Con saña dogmática el texto refiere a que el aprovechamiento pleno del mercado interior deberá considerar “promover el comercio internacional y el acceso a los mercados a través de, entre otros medios, la negociación y la celebración de acuerdos comerciales…”. Es como un pequeño obsequio antes del comienzo de la 12 Ronda negociadora sobre el TTIP en Bruselas del lunes 22 de febrero.

El otro aspecto normativo que produce estupor se refiere al modo en que el documento se posiciona frente a la supuesta vocación defraudadora de los trabajadores europeos y su voluntad de aprovechar los diferentes modelos de estados del bienestar en su beneficio. Vamos que dejo mi familia, mi casa, mis raíces y me lanzo a la aventura, inicerta, de encontrar trabajo en otro lugar de Europa porque igual tengo un acceso más fácil a una vivienda social en el extrarradio de Londres.

Y el acuerdo dice más: si una persona no activa quiere probar suerte en otro país europeo debería disponer de recursos económicos suficientes como para no “convertirse en una carga para el sistema de asistencia social del estado miembro de acogida” y disponer de un seguro de enfermedad con “cobertura total”. Más trabajo para las Mareas granates y otros movimientos sociales en la emigración.

Pero no es cierto que este exabrupto de la historia, que está centralidad del mercado neoliberal estuviera ya inserta en el Adn del proyecto europeo. Vamos la tesis según la cual: cuando se escribió el Tratado de Roma esto ya era previsible.

No comparto ese punto de vista, entre otras buenas razones porque para 1957 el capitalismo triunfante era todavía keynesiano y no es lo mismo el capitalismo que hizo posible el pacto social de postguerra que el capitalismo neoliberal que quiere acabar con ese contrato social.

El giro copernicano comenzó en los años 90 y Maastricht es un jalón que muchos en nuestro país no quisieron ver, embebidos de un europeísmo ramplón y agradecido. Esta ha sido parte de nuestra singular historia: la ausencia de un pensamiento crítico europeísta. Pensada Europa como solución a todos nuestros males, se expulsó la duda del debate presentada como ejemplo de la España retrógada y conservadora. Tanto en el ámbito político como en el académico las resistencias fueron minoritarias. Por razones quizá explicables y seguro comprensibles, una suerte de papanatismo europeísta neutralizó cualquier empeño razonable por hacer lo que en todos los países europeos era moneda común: se podía, al mismo tiempo, ser partidario de un proceso de integración europeo y ser críticos respecto al que, efectivamente, estaba ocurriendo.

Sobre todo porque las señales de que el cuento de hadas se estaba terminando llegó inmediatamente después de Maastricht. La evidencia de que en el proceso de integración había ganadores y perdedores pilló a la Unión con una mayoría de gobiernos socialdemócratas que se pusieron a silbar y darse la mano. Si no hubo un giro hacia políticas públicas keynesianas en el ámbito europeo o no se quiso favorecer un proceso de recuperación de derechos perdidos en el espacio nacional en el nuevo marco multinivel europeo, no era porque no se pudiera.

¿Por qué no se hizo? Es verdad que la inercia institucional de la Unión no facilitaba ese giro, pero la razón principal estuvo en la ausencia de un discurso compartido y común de la socialdemocracia respecto al proceso de integración, el papel de las políticas públicas y la recuperación del estado del bienestar en el ámbito europeo. Voluntad política se llama.

Pero estas tres cosas que aparecen en este brevísimo relato de la infamia de los pasados 18 y 19 de febrero, nos pueden permitir resituar en un terreno político y no apriorístico el debate sobre la reformabilidad o no de la Unión Europea.

Obviamente, no pretendo agotar este debate en estas líneas, pero al menos sí quiero intentar ofrecer algunas vías que convendría explorar. Habida cuenta de que estamos en una fase creciente de politización respecto a los asuntos europeos y conviene que ayudemos a construir una propuesta política alternativa.

Quiero empezar por aquí señalando el desistimiento de la socialdemocracia respecto a una visión alternativa del proceso de integración. Su ausencia de un discurso compartido hizo naufragar entonces cualquier intento de convertir la UE en una institución keynesiana.

Si la izquierda alternativa quiere construir un imaginario en condiciones de convertirse en una esperanza, entonces tiene que trabajar mucho más en la parte propositiva que en la parte deconstructiva. Hay que empezar a decir qué queremos hacer con esto que se llama UE: destruirlo, tirarlo para volver a levantarlo, abandonarlo y levantar otro edificio. Cada una de esas opciones tiene importantes consecuencias políticas en todos los órdenes. Empieza a ser poca cosa decir lo mal que lo hacen los que están ahora.

Y en este esfuerzo conviene conjurar los demonios propios: están los que consideran que el repliegue sobre la identidad nacional es lo único democrático y estamos los que creemos que la esperanza para los y las de abajo se declina en todos los idiomas de la UE y no solo. Naturalmente, eso significa sacudirnos la pereza mental y empezar a pensar y decir como imaginamos nosotros una democracia supranacional o una economía internacional solidaria con economías desiguales. Honradamente, a fecha de hoy no hay muchas experiencias comparables en complejidad e intensidad relacional como las de la UE. Así es que mejor no tirar balones fuera.

Si no construimos un discurso homogéneo a nivel europeo, la respuesta identitaria desde lo nacional será pasto de la extrema derecha. Ya lo es, de hecho, en la inmensa mayoría de los países europeos.

La segunda cosa es que el golpe de mano de los gobiernos de estos pasados días en el Consejo Europeo, dice que la institucionalidad europea es muy porosa y que una adecuada correlación de fuerzas puede cambiar muchas cosas en otra dirección. Syriza peleándose –hasta cierto momento al menos- contra 27 gobiernos es una cosa. Un gobierno de izquierdas en España, en Grecia, en Portugal y en Irlanda –por ejemplo- es otra cosa diferente. Los Tratados y normas siguen dejando mucho espacio a la discrecionalidad política.

La tercera cosa es que el giro neoliberal da continuidad a rasgos importantes del capitalismo keynesiano, pero no son la misma cosa. Y el diablo se esconde en los pequeños detalles y en los grandes para qué hablar. Si el cambio entre uno y otro modelo es un hecho histórico quiere decir que es modificable. Y este es el terreno de la política, precisamente.

Por último, creo que no vivimos tiempos que puedan ser declinados según el viejo binomio de reforma o revolución. Y para el caso que nos ocupa una buena dosis de reformismo revolucionario nos haría mucho bien.

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