Entre la prima de riesgo y la Orden Constantiniana.

Por | Pedro Chaves Giraldo.

El procaz Ministro del Interior, dios se apiade de él, ha dejado por un momento de invocar al altísimo y a Santa Teresa de Jesús para colgarse de la percha de ETA. Es el gesto de este piadoso y temeroso hombre de iglesia que fue coautor, nada más y nada menos, que de un libro de homenaje a Sor Patrocinio, la famosa monja de las llagas, ultraconservadora y manejanta religiosa de la corte de Isabel II, en tiempos en los que ser muy conservador y manejante era cosa que daba pavor y quitaba el resuello o la vida, no como ahora.

 

Su piadoso temor a que su querida España caiga en manos de impíos se parece demasiado al uso que el poder hace habitualmente del miedo. De hecho ha venido a mencionar uno de los últimos demonios que quedaba por convocar ante la posibilidad —todavía remota— de un gobierno de progreso y reformista en España, sea lo que sea que esto quiera decir.

Podría haberlo enunciado como: todos los que quieren poner fin a la situación de violencia latente en Euskadi desean que el PP no siga en el Gobierno. De lo que se deduce, más bien, es que el PP no ha hecho nada en todo este tiempo para terminar políticamente con la situación porque, quizá, pensó en sacar el espantajo de ETA en algún momento. Y ahora ha llegado ese momento.

Es uno más de los demonios, de diferente importancia y condición, que se han sacado -y aún conoceremos más- en estos días, alertando a la población de un apocalipsis inminente: un gobierno que no sea el del PP. Adviértase que ese Gobierno alternativo al del PP podría estar formado incluso por Ciudadanos, cosa que no está descartada en absoluto. Así es que lo que irrita al poder clericalizado, a la España de cerrado y sacristía es perder el poder. Nuestra ‘derechona’, la neoliberal madrileña y corrupta; la casposa y corrupta valenciana; la casposa, corrupta y caciquil gallega y de otros lares siempre consideró el poder como propio, como su cortijo, como su hacienda.

Ni siquiera en estos tiempos de globalización, de pérdida de prestancia y sustancia del poder regaliano del estado; de lógicas difusas y gobernanza multinivel, se resigna la derechona a ceder en sus privilegios. Sabemos por el humo de la corrupción, que la hoguera de la riqueza arracima a su alrededor a muchos de los que hoy vociferan contra un Gobierno que no sea el de los suyos. Sus escaños en el Congreso y en el senado, los signos de ostentación frívola de su riqueza concedida, sus regalías en grandes empresas, su oído a los de abajo, atestiguan esta colusión de los meapilas de toda suerte y condición con el poder económico al que sirvieron con, al menos, tanto amor y dedicación como al dios al que dicen honrar.

Y al atronador murmullo de los poderes reales, se suma cual soldado de élite, la famosa prima de riesgo. Este incómodo familiar que conocimos hace apenas unos años y del que ignorábamos su enorme poder para condicionar las opiniones y voluntades de los gobernantes.

Nos dimos cuenta cuando el titiritero de entonces montó un espectáculo que terminaba con una pancarta sobre un tal: artículo 135 de la Constitución. La hazaña teatral avergonzó a la democracia misma y a su santa madre (la de la democracia).

Y la ronca y estridente voz de la prima de riesgo vuelve a provocar el espanto en los mercados. Y éstos se agitan y huyen despavoridos dejando un temor que se expresa en bajas continuas del IBEX 35 y otros indicadores bursátiles. Nunca pudimos imaginar que nuestra suerte, vida y riqueza estuvieran vinculadas a personaje tan inestable, inseguro y atemorizable como el mercado. Pero siendo así, no queda sino preguntarnos ¿por qué?

¿Por qué los siervos de la Orden Constantiniana, como el ministro del interior, o la prima de riesgo y los mercados invocan el miedo frente a una decisión democrática? ¿Qué temen la iglesia y el mercado? ¿temen acaso por la demostrada coherencia y creciente credibilidad del Partido Socialista? Es difícil contestar estas preguntas.

No obstante, leída la propuesta del PSOE y dando por bueno que un gobierno progresista y reformista llevara adelante un programa de Gobierno con esos mimbres, lo que podría entender sería el contento de los millones del común que verían su vida mejorada con algunas medidas expresadas en esas propuestas y que, quiero creer, serían mejoradas y concretadas con la incorporación a ese gobierno de las “fuerzas del cambio”. Creo que a la ‘derechona’ no debe importarle tanto el título del sillón en el que las fuerzas del cambio aposenten sus —desde ya— respetados traseros, como el hecho mismo de figurar en nómina como ministros/as.

Dejo para otros el entretenimiento de saber si un gobierno así encaja dentro de las virtudes teologales que la Santa Inquisición de izquierdas exige a los puros. A mí me basta y me sobra, por ahora, con ver la alegría de muchas gentes cercanas y queridas que no pueden creerse que se vaya a derogar la Reforma laboral, que pueda ponerse en marcha un programa de emergencia social para los más necesitados o que vaya a discutirse en Europa la flexibilización del déficit público. No es mucho, pero comienza por parecerse a algo. Y para los sin nada es más que mucho.

Y confieso, si lo confieso, que me sube la bilirubina cuando escucho al ministro constantinizado y a otros próceres de la caverna oscura de la España cutre invocar a los demonios para atemorizar el manso corazón de los españoles y españolas. Y casi que también me pone el ruido tronador del miedo de los dineros, inseguros y asustadizos. Ojalá les demos buenas razones para convertir el temor como amenaza en una realidad de cambio para millones de personas, más pronto que tarde si fuera posible.

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