Don Antonio, quiero un gobierno a la izquierda.

Por | Luis García Montero.

Recibo un wasap con unas reflexiones de Antonio Machado. Se trata del mensaje de una buena amiga, conoce mi admiración por el poeta y por sus meditaciones sobre la ética, la estética, las razones y los disparates de España. Aquí armaron y arman mucho ruido los disparates razonados. Por eso la soledad ética y el pudor estético son a veces una forma de resistencia. Nada hay más machadiano. Escribió don Antonio: “Si cada español hablase de lo que entiende, y de nada más, habría un gran silencio que podríamos aprovechar para el estudio”.

 

Como ha sido muy fatigoso el teatro de la política palaciega de la última semana, tanto ir y venir con la boca llena y el corazón vacío, caigo por un momento en la fascinación del silencio. Luego comprendo que debemos poner las cosas en su sitio para que ellas no nos dejen fuera de lugar. Coloco al silencio donde le corresponde. El consejo de Machado está bien, muy bien, siempre que no sirva para cancelar los debates en la plaza pública o en la política. Debemos esforzarnos en saber lo que decimos, lo cual no debe confundirse con renunciar a la palabra. Fue el propio Machado quien se puso a la defensiva ante los que le aconsejaban no meterse en política. Eso es que querían hacer la política sin la gente.

Pero no hay que echar en saco roto el amor por el silencio. Si caemos en el ruido de las mentiras y los desmentidos, de los dimes y diretes, de los fogonazos y las sobreactuaciones, corremos el peligro de acabar en la corriente del sumidero y olvidar lo que importa. A veces se habla por hablar sin saber sobre lo que se discute. Otras veces se siente uno ridículo llevándole la contraria al tumulto de los acontecimientos. ¿Para qué insistir? Conviene entonces cambiar de tono o de conversación.

En homenaje a Machado, salgo a caminar. Doblo la esquina de mi calle y me encuentro con una oficina del INEM. La gente que entra y sale guarda un silencio humillado. Más allá del ruido, vive un país en el que las condiciones de trabajo han caído por los suelos más sucios y las pensiones de los jubilados tiemblan a la espera de la voz que decida rebajarlas. La cotización se despeña castigada por los salarios bajos y por la caída de la población activa. Palabras como salario y cotización no son bellas, pero son verdad, y la poesía puede prescindir de la belleza, nunca de la verdad.

Antes de llegar al campo, vislumbro un monasterio. Las gotas de sangre jacobina me hacen recordar algunas noticias últimas sobre el maltrato que llegan a sufrir en España las monjas de clausura. Tres religiosas han vivido en régimen de secuestro y amenaza en un convento de Santiago de Compostela. Son una metáfora del uso que el poder hace de la moral religiosa para justificar la desigualdad y la falta de libertad en las costumbres. Miro hacia las escuelas, las consultas ginecológicas, la hacienda pública, los juzgados, y no entiendo los privilegios que retiene la Conferencia Episcopal en este cabizbajo siglo XXI.

De regreso a casa cruzo por delante de las carteleras. Los cines, los teatros y las salas de conciertos guardan muchas cosas que ver y oír más allá del ruido. Tampoco entiendo cómo un país soporta que se ataque su identidad cultural de una forma tan suicida y se suba del golpe el IVA del 8% al 21%. El sueño pedagógico de formar la razón y la imaginación moral de los ciudadanos está de más para los que prefieren justificar a gritos los disparates.

Llegado a mi butaca, abro un libro de Ángel Viñas, La otra cara del Caudillo (Crítica, 2015). El franquismo no sólo fue cruel desatando una guerra e imponiendo una dictadura. Fue cruel en la paz, manteniendo durante 40 años un régimen orgulloso de sus asesinatos y de su belicismo perpetuo. Duele que todavía caiga el olvido sobre sus víctimas y se levante el escándalo cuando un ayuntamiento decide quitar de sus calles el nombre de los asesinos. En este caso, gritan los que consideran que el país es su propiedad particular por encima de cualquier decencia, ya sea en el pasado o en el futuro.

Para acabar enciendo la radio y vuelvo a las afirmaciones y los desmentidos del teatro palaciego. Vuelvo al ruido. Hay actores que me gustan poco, es verdad. Pero yo sé bien por qué no me callo, don Antonio. Sé bien por qué no me basta que haya un gobierno estable, cualquier tipo de gobierno. Sé bien por qué quiero un gobierno a la izquierda. El verso brota de manantial sereno.

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